miércoles, 30 de abril de 2014

Dejad de intentar salvar África

Dejad de intentar 'salvar' África

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Uzodinma Iweala - Atheo News - Jueves, 30 de abril de 2009
    El otoño pasado, poco después de volver de Nigeria, me abordó una vivaracha universitaria rubia, cuyos ojos azules parecían a juego con las cuentas «africanas» que le rodeaban las muñecas.

«¡Salvad Darfur!», gritaba desde detrás de una mesa cubierta con panfletos que urgían a los estudiantes: «ACTUAD AHORA. DETENED EL GENOCIDIO EN DARFUR.»

Mi aversión a que los universitarios se suban al carro de las causas sociales de moda casi me hizo seguir caminando, pero su siguiente grito me detuvo.

«¿No quieres ayudarnos a salvar África?», aulló.

Parece que hoy en día, destrozado por el sentimiento de culpabilidad de la crisis humanitaria que ha creado en Oriente Próximo, Occidente se ha vuelto hacia África en busca de redención. Universitarios idealistas, famosos como Bob Geldof y políticos como Tony Blair se han unido en su misión de arrojar luz sobre el continente oscuro. Llegan en avión para sus breves estancias y misiones de búsqueda de datos o para recoger niños que adoptan del mismo modo en que mis amigos y yo en Nueva York vamos en metro hasta la perrera para adoptar perros vagabundos.

Ésta es la nueva imagen que Occidente tiene de sí mismo: una generación sexy y políticamente activa, cuyo medio preferido de divulgar la verdad es el de las separatas en las revistas que muestran famosos en primer plano sobre un fondo de africanos abatidos. No importa en absoluto que las estrellas que han enviado para socorrer a los nativos con frecuencia estén, por voluntad propia, tan esqueléticas como aquellos a los que desean ayudar.

Quizá resulta de mayor interés el lenguaje que se utiliza para describir a los africanos a quienes «salvan». Por ejemplo: la campaña publicitaria con el lema 'Keep a Child Alive/«I am African»' (mantén vivo a un niño/soy africano/a) muestra retratos de famosos occidentales, blancos en su mayor parte, con «marcas tribales» pintadas en la cara que se asoman por encima de la frase «I AM AFRICAN» en letras resaltadas. Por debajo, con una letra de tamaño menor, puede leerse: «Ayúdanos a frenar la matanza».

Tales campañas, sin importar todas sus buenas intenciones, promueven el estereotipo de África como un agujero negro de muerte y enfermedad. Las noticias se centran constantemente en líderes corruptos del continente, señores de la guerra, conflictos «tribales», niños trabajadores y mujeres desfiguradas por los malos tratos y la mutilación genital. Estas descripciones se muestran bajo titulares como: «¿Puede Bono salvar África?» o «¿Salvará África Brangelina?» La relación entre Occidente y África ya no se basa en creencias abiertamente racistas, pero dichos artículos recuerdan los informes del punto álgido del colonialismo europeo, cuando se enviaban misioneros a África para que pudiésemos acceder a la educación, a Jesucristo y a la «civilización».

Todos los africanos, y me incluyo entre ellos, apreciamos la ayuda del mundo exterior, pero nos preguntamos si esta ayuda es genuina o nos la ofrecen con la intención de afirmar la superioridad de su propia cultura. Me siento desmoralizado cada vez que asisto a un acto benéfico cuyo anfitrión recita una letanía de desastres africanos antes de presentar a una persona (habitualmente) blanca y rica, que suele enumerar todo lo que ha hecho por los pobres africanos hambrientos. Siento vergüenza cada vez que un estudiante universitario habla de los bailes de los campesinos agradecidos por su ayuda. Cada vez que un director de Hollywood rueda una película sobre África con un protagonista occidental, me niego a aceptarla porque, por mucho que seamos personas reales, utilizan a los africanos como decorado de la idea fantasiosa que Occidente tiene de sí mismo. Y no sólo tienden dichos retratos a pasar por alto el papel fundamental de Occidente en la creación de muchas de las desdichadas situaciones del continente, sino que también ignoran el enorme trabajo que los africanos han hecho, y continúan haciendo, para resolverlas.

¿Por qué suelen hablar los medios de cómo «los señores coloniales concedieron la independencia» a los países africanos en vez de relatar cómo lucharon y derramaron su sangre por la libertad? ¿Por qué reciben Angelina Jolie y Bono tanta atención por su trabajo en África cuando rara vez se menciona a Nwankwo Kanu o Dikembe Mutombo, ambos africanos? ¿Por qué recibe un antiguo diplomático estadounidense de grado medio más atención por sus correrías de vaquero en Sudán que los numerosos países de la Unión Africana que han enviado alimentos y soldados y que han dedicado innumerables horas a intentar negociar un acuerdo entre todas las partes de ese conflicto?

Hace dos años trabajé en un campamento para desplazados internos en Nigeria, supervivientes de un alzamiento que acabó con la vida de unas mil personas y desplazó a otras doscientas mil. Según su costumbre, los medios occidentales informaron sobre la violencia, pero no sobre el trabajo humanitario que los gobiernos estatal y local, sin demasiada ayuda internacional, dedicaron a los supervivientes. Los trabajadores sociales dedicaron su tiempo y, en muchos casos, sus propios salarios para ocuparse de sus compatriotas. Estas son las personas que están salvando África junto con otras como ellas en todo el continente, que tampoco reciben reconocimiento alguno por su trabajo.

El mes pasado, el grupo de las ocho naciones más industrializadas y un montón de famosos se reunieron en Alemania para ponerse de acuerdo, entre otras cosas, sobre cómo salvar África. Espero que antes de que organicen otra cumbre parecida la gente se dé cuenta de que África no quiere que la salven. Lo que África quiere es que el mundo reconozca que nosotros somos capaces acceder al desarrollo por nosotros mismos mediante asociaciones justas con otros miembros de la comunidad global.

- Visto en Rebelión.
- Traducción: Mar Rodríguez. Edición: Manuel Talens
  • Uzodinma Iweala es el autor de Beasts of No Nation, una novela sobre los niños soldados.
  • Mar Rodríguez y Manuel Talens son miembros de Rebelión y Tlaxcala.

Tiken Jah Fakoly

Ouvrez les frontières

Tiken Jah Fakoly

OUVREZ LES FRONTIERES
Ouvrez les frontières, ouvrez les frontières ( x 2 )
Vous venez chaque année
L'été comme l'hiver
Et nous on vous reçoit
Toujours les bras ouverts
Vous êtes ici chez vous
Après tout peu importe
On veut partir alors ouvrez nous la porte
Ouvrez les frontières, ouvrez les frontières ( x 2 )
Du Détroit de Gibraltar
Nous sommes des milliers
A vouloir comme vous
venir sans rendez-vous
Nous voulons voyager
Et aussi travailler
Mais nous on vous a pas refusé le visa
Ouvrez les frontières, ouvrez les frontières ( x 2 )
Nous aussi on veut connaître la chance d'étudier
La chance de voir nos rêves se réaliser
Avoir un beau métier
Pouvoir voyager
Connaître ce que vous appelez « liberté »
On veut que nos familles ne manquent plus de rien
On veut avoir cette vie où l'on mange à sa faim
On veut quitter cette misère quotidienne pour de bon
On veut partir d'ici car nous sommes tous en train de péter les plombs
Ouvrez les frontières, ouvrez les frontières ( x 2 )
Laissez nous passer …
Y a plus une goutte d'eau
Pour remplir notre seau
Ni même une goutte de pluie
Tout au fond du puis
Quand le ventre est vide
Sur le chemin de l'école
Un beau jour il décide
De prendre son envol, nan nan nan nan ...
Ouvrez les frontières, ouvrez les frontières ( x 2 )
Laissez nous passer …
Ouvrez la porte
Ici on étouffe
On est plein à vouloir du rêve occidental
Ouvrez la porte
Ici la jeunesse s'essouffle
Ne vois tu pas que pour nous c'est vital
Ouvrez les frontières, ouvrez les frontières ( x 2 )
Laissez nous passer …
Vous avez pris nos plages
Et leur sable doré
Mis l'animal en cage
Abattu nos forêts
Qu'est ce qu'il nous reste
Quand on a les mains vides
On se prépare au voyage
Et on se jette dans le vide
Ouvrez les frontières, ouvrez les frontières ( x 2 )
Laissez nous passer …

http://video.nationalgeographic.com/video/ouvrez-les-frontieres-wm

miércoles, 2 de abril de 2014

Cheikhna y su libro

Hay libros y libros, tantos libros que tienen el poder de hacernos viajar, romper fronteras, acabar con la añoranza, la melancolía.... hoy viví una experiencia inolvidable, ver como Cheikhna mi alumno senegalés, me cuenta los recuerdos que le trajo la lectura de un libro que habla de Senegal, podéis escucharle en el video.

Gracias por compartir tu recuerdos... tu lectura y me alegro de contribuir a que recuperes la sonrisa y a descubrir el hábito de leer, leer para descubrir tu historia,... 


besos...



Rumania para Denisa

Practicamos español recordando

DE BRASIL A ESPAÑA... DE ESPAÑA A...

lunes, 31 de marzo de 2014

Españoles expulsados de Bélgica

Una “carga excesiva” de españoles

Bélgica ordenó en 2013 la expulsión de 4.812 inmigrantes europeos, 291 procedentes de España, porque pesaban demasiado en la red asistencial. Tres de ellos cuentan su suplicio

Esta semana, Alemania anunciaba que acabará con la "inmigración de la pobreza"

Dolores Cañizal, una de las españolas expulsadas, el jueves pasado, en Marbella. / FOTO: GARCÍA SANTOS
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Pesa sobre usted una orden de expulsión. Debe abandonar Bélgica en un máximo de 30 días. En caso contrario, podría ser detenida y conducida hasta la frontera.
El teléfono de Dolores Cañizal amaga con cortar su voz en cualquier momento. Dos años después de llegar a Bélgica en búsqueda de trabajo, está a punto de cruzar la frontera franco-belga de vuelta a España, de vuelta a la casa de sus hijos de la que salió “para no dar más guerra”. No retorna voluntariamente: en diciembre recibió una orden de expulsión por, según le dijeron en la escueta conversación que mantuvo con un funcionario belga de migraciones, abusar del sistema de la seguridad social. Como ella, casi 5.000 europeos —entre ellos 291 españoles— fueron expulsados del país en 2013, en virtud de la interpretación que el Ejecutivo belga hace de la directiva —por ser una “carga excesiva”— que regula el libre movimiento de personas en la UE.
A sus 66 años, esta castellana llevaba más de dos décadas viviendo en Marbella hasta que el paro le empujó a Bélgica en marzo de 2012. “Fue una mezcla de orgullo personal y ganas de quitar una carga a mis hijos”, apunta, con tono nervioso. No puede contener su desilusión y rabia. Llegó a Bruselas por la insistencia de un amigo que vivía allí y que le proporcionó alojamiento los primeros meses. No tardó mucho en encontrar trabajo en el décimo país con menos paro de la UE: pocos días después de lograr su carné de identidad —un documento imprescindible para trabajar legalmente en Bélgica—, firmó un contrato como asistenta de limpieza por horas en casas y oficinas. Al principio, la barrera idiomática fue un lastre, pero a medida que transcurrían las semanas la carga de trabajo y los ingresos crecieron. “Confiaban en mí”, relata al otro lado del teléfono, “aunque empezaba a estar mayor para un trabajo tan físico”. Una lesión en la espalda y las generosas condiciones que ofrece el —aparentemente— garantista sistema belga, acabaron por adelantar su jubilación. “Me dijeron que cobraría 981 euros mensuales, lo suficiente para poder vivir”, añade. “Nunca se me pasó por la cabeza el calvario que viví poco después”. Su intención no era jubilarse, pero la Seguridad Social le propuso esta fórmula —a pesar de que llevaba poco más de un año cotizado— y se acogió a ella.
El Estado busca amedrentar a quien recibe la carta”, dice Carlos G., que reclama su derecho a quedarse
Tras un año cobrando la pensión puntualmente, dejó de recibir la prestación que le correspondía en noviembre pasado. “Pensé que sería un error y no le di más importancia”. Sin embargo, dos días después recibió en el buzón la orden de deportación. La carta, con el membrete del Ministerio del Interior belga, le emplazaba a presentarse en las oficinas administrativas de Evere —uno de los 19 Ayuntamientos en los que se divide Bruselas—, de clase media, en la que residía, a unos 10 kilómetros al norte de la Grand Place. “No sabía por qué querían que fuera y cuando llegué, casi sin dirigirme la palabra, un funcionario me retiró la tarjeta de residencia”, el documento que permite a cualquier extranjero —sea o no comunitario— residir en el país un máximo de cinco años. “Cuando me dijeron que tenía que abandonar el país en un plazo máximo de 30 días no me lo podía creer, justo cuando empezaba a salir adelante”, añade emocionada. “Nunca había pedido una ayuda a los servicios sociales; ni me aproveché de las arcas públicas”.
Aquel día empezó un auténtico vía crucis para Dolores: sus ahorros apenas le permitían abonar las facturas, perdió la fianza del apartamento que acababa de alquilar, tuvo que hacer cábalas para comprar el billete de vuelta y regalar las pertenencias que no podía llevar en el equipaje de vuelta. “Ni siquiera me ha dado tiempo a venderlos”, desliza resignada.
El derecho comunitario permite a cualquier ciudadano europeo permanecer hasta tres meses en otro país de la UE con su DNI como único equipaje. A partir de ese momento, el permiso de residencia está condicionado a que la persona tenga un contrato de trabajo; disponga de un seguro médico y de recursos económicos suficientes para vivir sin necesidad de recurrir a ayudas sociales; esté estudiando en alguna institución educativa del país o sea familiar de primer grado de alguna persona que cumpla los anteriores requisitos. Si no cumple con al menos uno de estos condicionantes, la legislación europea deja la puerta abierta a una expulsión, pero la limita a “circunstancias excepcionales”.

Lo que dice la directiva

Así reza el punto 16 de la directiva de 2004: “Los beneficiarios del derecho de residencia no podrán ser expulsados mientras no se conviertan en una carga excesiva para la asistencia social del Estado de acogida. (...) Conviene que el Estado examine si tal recurso obedece a dificultades temporales y que tenga en cuenta la duración de la residencia, las circunstancias personales y la cuantía de la ayuda concedida antes de poder decidir si el beneficiario se ha convertido en una carga excesiva para su asistencia social y si procede su expulsión”.
13 de los 28 países de la UE —entre ellos, la propia Bélgica, Alemania, Francia, Italia, Austria e Irlanda— practican expulsiones selectivas de inmigrantes comunitarios amparándose en la “carga excesiva” que suponen para sus arcas.
4.812 europeos —291 españoles— fueron expulsados de Bélgica en 2013, más del doble que un año antes.
El último en sumarse a esta interpretación de la legislación comunitaria ha sido el Gobierno alemán, que el miércoles anunció su intenciónde acabar con la “inmigración de la pobreza” imitando el efectista esquema belga.
La Comisión Europea ha ratificado la legalidad de las medidas belgas y alemanas y ha admitido “problemas puntuales” en algunos Estados miembros.
Sin embargo, el margen de maniobra que el texto otorga a cada país produce situaciones como la de Bélgica. Iván Salazar, responsable de ayuda social de la asociación Hispano-Belga que, como su propio nombre indica, tiende puentes entre España, Latinoamérica y Bélgica, lo tiene claro: “Las expulsiones de españoles se han multiplicado en los últimos meses”. Al principio, dice, les chocaba que tantas personas acudieran a la asociación con el mismo problema. “No sabíamos de qué hablaban cuando decían que les habían expulsado”, añade con tono pausado. “Pero con el paso del tiempo empezaron a llegar más y más casos”. La gran mayoría de ellos decide, como Cañizal, regresar a España.
Apenas seis kilómetros al este de la Hispano-Belga, vive Carlos G. y su pareja belga, Eliane Istace. Este catalán tuvo que echar el cierre en 2009 a las dos empresas que regentaba en Barcelona: un restaurante y una compañía de servicios de limpieza. El paro ya arreciaba y, de un día para otro, se vio en la tesitura de tener que emigrar. Probó suerte en Holanda, donde vivían unos conocidos, pero el idioma le obligó a buscar otros lares. “No duré ni un mes”, rememora. Acabó en Bruselas, a donde llegó con “poco dinero”. Como Cañizal, Carlos se hospedó las primeras semanas en casa de unos amigos mientras estudiaba francés: casi ocho horas diarias, con una ayuda social de 380 euros. “Es un país solidario”, apunta mientras apura un último trago de vino rosado. Acaba de cumplir 50 años y mantiene una actitud jovial: únicamente el pelo cano delata su edad.
Cuando su francés empezaba a ser lo suficientemente bueno, Carlos se acogió al artículo 60 —una fórmula que ofrece a los desempleados un salario a cambio de trabajar en ayuda social— y firmó un contrato en una residencia de ancianos de Etterbeek, el barrio en el que vive. “Todo iba bien: conocí a mi pareja, ganaba lo suficiente para vivir... Hasta que recibí la orden de expulsión”.
L.B., español de origen magrebí que ha recibido una orden de expulsión, el jueves, en Bruselas. / FOTO: DEMI ÁLVAREZ
De verbo fácil, maneja bien la intrincada terminología jurídica que rodea su caso —estudió tres años de Derecho— y se explica en un frañol que da fe de su total adaptación a la sociedad belga. Clava sus ojos en los papeles mientras se apagan los últimos rayos de sol del primer día de primavera en Bruselas. Su mirada denota rabia. “Voy a luchar porque es un sinsentido: es como si te ayudaran para luego echarte”. De momento, Carlos está centrado en ganar la batalla en los tribunales, que en abril resolverán su recurso, en el que ha llegado a renunciar explícitamente al seguro de desempleo. “No quiero más ayudas, solo que me dejen trabajar aquí, en mi entorno”. Por si su apelación no prosperara, Carlos aún guarda una bala en la recámara: que el Estado belga acepte su cohabitación con su pareja. Espera que la situación no se alargue mucho en el tiempo —“cumplo todos los requisitos y creo que ha sido un error administrativo; si no, no me lo explico”—, pero advierte de la frágil situación en la que se encuentran otros expulsados. “El Estado busca amedrentar a quien recibe la carta y que, presa del pánico, abandone Bélgica voluntariamente”.
En España no tuvimos problemas de racismo, y aquí, es institucional”, dice L.B., español de origen magrebí
Ese es el caso de L. B., su mujer y tres de sus cuatro hijos, que prefieren permanecer en el anonimato por miedo a represalias. Tras 26 años trabajando en Mallorca, este marroquí de Tánger se vio abocado a emigrar a Bélgica en 2011 para trabajar en la construcción, “como autónomo y sin la más mínima medida de seguridad”. Se explica en un castellano gramaticalmente perfecto y enseña su pasaporte español con orgullo: todos sus hijos han nacido en Baleares. La decisión de marcharse a Bruselas no fue fácil y se hizo aún más cuesta arriba cuando ya en Bélgica, solo dos meses después de empezar a cobrar una ayuda social de 600 euros “por la escolarización de los niños”, recibió la temida orden de expulsión. Desde entonces, apenas logra conciliar el sueño temiendo que les expulsen “en cualquier momento” del diminuto piso en el que viven, en el céntrico y multicultural Saint-Gilles. “Me han dicho que la policía puede presentarse en cualquier momento para ponernos en la calle”. Ha pasado casi un año desde que recibió el aviso de que debía abandonar Bélgica y el temor sigue latente.
“Solo espero que la situación mejore en España y que podamos volver”. Por lo pronto, su hijo mayor, de 18 años y sobre el que también pesa una orden de expulsión, ya se ha asegurado un puesto como repartidor de butano en su Mallorca natal durante los meses de julio y agosto. Mientras, estudia junto a sus hermanos pequeños en un colegio público del barrio. “Es importante que aprenda idiomas: habla español, árabe y francés, y ahora ha empezado con el neerlandés”, afirma L. B. Su gesto se tuerce al ser preguntado por la integración, uno de los puntos que la UE considera clave para frenar la expulsión. “Nos hemos sentido muy mal tratados en Bélgica, en España nunca tuvimos problemas de racismo y aquí, en cambio, el racismo es institucional”. Su rabia es tal que le lleva a preguntarse por los verdaderos valores europeos. “Somos españoles, somos europeos y no podemos vivir en Europa. ¿En qué consiste entonces la UE?”.

Estereotipos

Srta. Escaparate de Escuela Inclusiva en Vimeo .

domingo, 23 de marzo de 2014

El negocio de la xenofobia



EL NEGOCIO DE LA XENOFOBIA. ¿Para qué sirven los controles migratorios? de Claire Rodier.
A la política migratoria en el mundo occidental no le afecta la crisis. Desde los años 90 la preocupación por la seguridad ha ido en aumento, provocando el blindaje sistemático de las fronteras materializado en faraónicas obras e ingentes inversiones. Tras el 11 de septiembre esta tendencia se radicalizó más allá de la lógica generando una industria cuyos beneficios no han parado de crecer.
La jurista francesa Claire Rodier presenta en El negocio de la xenofobia una rigurosa investigación y desvela quiénes son los beneficiarios y los damnificados de la empresa titánica de poner -literalmente- puertas al campo y controlar a los seres humanos que se atreven a burlar las fronteras.

Este libro revela así, en primicia, los nombres propios y las cifras del negocio de los controles fronterizos y los centros de detención de extranjeros, una industria que ha permanecido opaca hasta hoy.

En El negocio de la Xenofobia la autora recorre los principales focos de interés del control migratorio a lo largo del planeta. Desde el Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE) que se usa para controlar las aguas de las islas Canarias, Baleares y el sur de España, a las murallas que se alzan entre México y Estados Unidos o Israel y Palestina.

Con este trabajo Rodier critica la implicación política de la ultraderecha en la ideologización de la xenofobia que recorre la Unión Europea o Estados Unidos y pone al descubierto el lucrativo negocio del control de la inmigración, que se hace patente en la renovación constante de los sistemas de vigilancia de las fronteras, en la gestión de los centros de detención de extranjeros y su posterior expulsión.

Sobre la autora

Claire Rodier es jurista del GISTI (Grupo de Información y Apoyo a los Inmigrantes) y cofundadora de la red europea Migreurop. Se dedica especialmente a las políticas europeas de inmigración y asilo. Ha participado en numerosas publicaciones sobre estos temas, ha colaborado en el Atlas des migrants en Europe y coordinado, con Emmanuel Terray, la obra colectiva Inmigration. Fantasmes et realités.

El negocio de la xenofobia. ¿Para qué sirven los controles migratorios?
Título original: Xenophobie Business. A quoi servent les contrôles migratories?
Autor: Claire Rodier
Traducción: Iván Barbeitos García
Número de páginas: 152
ISBN: 978-84-940014-9-9
Precio: 14 euros

MALÚ CON ALEJANDRO SANZ




MALÚ TE CONOZCO...

A ESO LE LLAMAS AMOR DE MALÚ



A ESO LE LLAMAS AMOR
Otro día más 
aquí en mi vida. 
Esperando tu llamada 
para vernos a escondidas 
Sin saberlo me enredaste en esta historia 
prometiéndome la gloria con tus besos. 

Otro día más 
en lo de siempre 
Tú con ella, yo mirando, 
tú sonríes entre la gente. 
Me juraste que esta vez la dejarías y creí que así sería 
pero ahora me doy cuenta de mi error. 

Y a esto es lo que llamas amor 
a lo que has hecho de mi. 
No puede ser esto amor 
si no haces más que mentir. 
Cómo le llamas amor y me miras a la cara. 

Y a esto le llamas amor 
y tú ni cuenta te das que amar es cosa de dos 
y no tu sucia mitad. 
Cómo le llamas amor sin sentir esta palabra. 

Esta vez fue suficiente 
Márchate, es evidente 
No hay nada más que nos ate. 
Ya me juraste que esta vez la dejarías y creí que así sería. 
Pero ahora me doy cuenta de mi error. 

Y a esto le llamas amor 
a lo que has hecho de mi. 
No puede ser esto amor 
si no haces más que mentir. 
Cómo le llamas amor y me miras a la cara. 

Esto no puede ser amor 
Me engañas tú, me engaño yo 

Y a esto le llamas amor 
a lo que has hecho de mi. 
No puede ser esto amor 
si no haces más que mentir. 
Cómo le llamas amor y me miras a la cara. 

A esto le llamas amor 
a lo que has hecho de mi. 
No puede ser esto amor 
si no haces más que mentir. 
Cómo le llamas amor y me miras a la cara. 

A esto es lo que llamas amor 
y tú ni cuenta te das que amar es cosa de dos 
y no tu sucia mitad 
como le llamas amor sin sentir esta palabra.

Vuelvo a verte de Malú