miércoles, 25 de noviembre de 2015

Las Brigadas Rojas contra la violencia de género

Mujeres indias que devuelven los golpes

Las Brigadas Rojas de Lucknow han entrenado a 34.000 indias de todo el país en técnicas de defensa personal para responder físicamente a la violencia machista

 Lucknow, Uttar Pradesh (India) 25 NOV 2015 - 10:06 CET
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Las Brigadas Rojas de Lucknow, un grupo de adolescentes víctimas de abusos sexuales. /ÁNGEL L. MARTÍNEZ CANTERA
“Que vengan todos a violarme si tienen valor”, desafía Archina Kumari, de 16 años, ante los rumores de que los hermanos de su agresor, 10 años mayor que ella, planean vengarse cuando este salga de prisión. “Les enseñaré lo que sé hacer si se atreven a tocarme”, añade gesticulando con sus finos antebrazos garabateados con henna. Las mismas delicadas manos que abofetearon a su acosador mientras él confesaba sus continuos ataques y pedía perdón frente a familia y vecinos hace sólo tres meses. La humillación pública fue usada como prueba para denunciarle por delitos sexuales gracias a un vídeo grabado por un reducido grupo de adolescentes víctimas de la violencia machista en India. Supervivientes, prefieren ellas; el lenguaje también es un arma, dicen.
Pese a su corta edad y las amenazas de muerte recibidas, Archina dice no tener miedo. Sabe que ese es el mayor aliado del silencio: “Mi hermana mayor también sufría abusos de un familiar cuando iba a su casa a asearse porque nosotros no teníamos agua. Pero mi madre nunca se quejó por miedo al qué dirán”. Ni un atisbo de inocencia en las palabras de Archina; la perdió el pasado agosto cuando su vecino aprovechó para agredirla sexualmente mientras dormía en su terraza. Desde esa azotea del distrito marginal de Madiyav, Archina entrena movimientos de defensa personal junto a otra decena de chicas que forman el núcleo duro delas Brigadas Rojas de Lucknow, a 700 kilómetros de Delhi y capital del estado indio de Uttar Pradesh. El grupo ya ha enseñado a decenas de miles de indias a responder físicamente a la violencia ejercida por los hombres.
“Este lugar es inseguro para cualquier chica. Mis padres me aconsejaban quedarme en casa y no ir a la escuela para evitar problemas”, explica Afreen Khan, de 18 años, retomando sus acometidas. Codazos a la altura de la cara recordando a los dos vecinos a los que visitaba a diario para tomar clases particulares y que le obligaban a sentarse en sus regazos para manosearla bajo la ropa  —“Nos castigaban de rodillas a mí y a otras si nos negábamos”, rememora—. Rodillazos a la altura del vientre al acordarse del hermanastro que le amenazaba con hacer daño a su madre mientras la desnudaba —“Mi madre creía que no quería estar con él y me pegaba si me quejaba”, añade—. Frente a ella, Noor Khan, el único chico del grupo, sostiene las embestidas con los guantes espumillón: “Prefiero recibir los golpes ahora para que mis hermanas se puedan defender mañana”.
Primero nos ponemos en contacto con la familia del agresor. Si ellos no hacen nada, vamos a la policía. Y si nadie hace nada, le damos una paliza
Algunos vecinos se reúnen en las solanas colindantes para ver a las adolescentes practicar. Pequeños semidesnudos y polvorientos imitan los ejercicios. Mujeres en sariobservan entre murmullos y sonrisas torcidas. Los hombres se devuelven miradas de suspicacia. “Mucha gente del barrio no nos quiere por lo que representamos. Mis compañeras de clase piensan que estoy loca por hablar de agresiones sexuales. Pero estoy convencida de que casi todas han pasado por situaciones similares y no lo cuentan por miedo”, dice Afreen. Nada lejos de la realidad en un país en el que se han producido 30 violaciones por minuto en la última década, según informa The Times of India.
El alcance mediático de la violación múltiple y asesinato de una estudiante Nueva Delhi en 2012, puso de relieve la situación de la mujer en India. Un drama nacional repetido con constancia hiriente. Según los datos de la Oficina Nacional de Registros Criminales, de los 133.000 casos de mujeres indias víctimas de crímenes sexuales en 2014, más de 36.500 fueron violaciones  —de los que el 10% se registraron en Uttar Pradesh. El estado más poblado de India es, consecuentemente, uno de los que acumulan más delitos contra la mujer; cuyo total asciende a la insultante cifra de 338.000—, de los que más de 9.200 acabaron en muertes. Cifras, todas ellas, que en la realidad van aún más altas, según indican fuentes del Centro Internacional para el Estudio de la Mujer de Nueva Delhi.
Los entrenamientos físicos han hacho que estas adolescentes no sientan más miedo ante la impunidad de los agresores en India. / Á. L. M. C.
Pero ni el patriarcado ni la violencia contra la mujer son problemas endémicos de India. En España, 51 mujeres murieron a causa de la violencia machista en 2014 (658 en la última década), con una población 26 veces menor. La tragedia de la mujer india se agrava por atavismos y tradiciones arcaicas como el sistema de castas —en 2014, dos chicas dalit fueron violadas y ahorcadas a plena luz del día—. Que se unen a la connivencia política y social. También el año pasado, un parlamentario perteneciente al partido en el gobierno condenó las violaciones a menores mientras justificaba las de mujeres adultas.
Pese a que los informes de la Línea de Atención a la Mujer del estado de Uttar Pradesh indican un aumento del 104% en el número de denuncias por agresión, aún queda mucho por hacer para acabar con este martirio silencio en India. Son, sobre todo, la impunidad de los agresores y el miedo al ostracismo de las víctimas los elementos principales que perpetúan la aceptación de violencia machista en el país asiático.
Usha Viswakarma, de 28 años y fundadora de las Brigadas Rojas, explica la necesidad de que exista su grupo con ayuda del ejemplo más cercano: “Es inconcebible que ocurra lo que le pasó a Diya este verano”, dice en referencia al caso de violación de una menor por parte de un adulto que ya había abusado de otras 17 chicas en Lucknow. Acabar con la impunidad y vencer el miedo es lo que Usha, víctima de agresiones sexuales como todas sus compañeras, se propuso cuando estableció el grupo en 2010. Creado para hacer campaña contra la violencia machista, el grupo ahora lleva un par de casos legales de violaciones mientras usa métodos que sus agresores conocen. “Al principio entrenábamos artes marciales pero nos dimos cuenta de que la defensa personal era más apropiada para nuestra lucha, porque necesitas menos fuerza y permite desarrollar técnicas rápidas en espacios reducidos”, explica Usha.
Tradición e impunidad agravan los más de 300.000 delitos contra la mujer de 2014
Después de la conocida violación múltiple de hace tres años en Delhi, el grupo de las Brigadas Rojas se pasó a la acción. Desde entonces han entrenado en técnicas de defensa personal a 34.000 mujeres de escuelas, universidades y centros públicos de siete estados indios. Sus demandas han tenido consecuencias y las autoridades han consentido la distribución de cámaras de vigilancia en el distrito y han establecido un fondo de compensación económica para 60 víctimas de ataques con ácido de la región, donde el gobierno estudia la inclusión de la defensa personal como parte del programa de formación profesional financiado por el estado de Uttar Pradesh.
El pequeño grupo también organiza patrullas callejeras para informar a vecinos y congrega a centenares de seguidoras para manifestaciones, como la que celebran cada 29 de diciembre, rememorando el día en que la menor de Delhi moría a causa de la brutal agresión de 2012. También esperan ser centenares las que se reúnan a partir de hoy en una marcha que sale de Lucknow para llegar el próximo 27 de noviembre a Varanasi, donde otra treintena de universitarias han abierto sus propias brigadas siguiendo los mismos principios.
“Por cada acoso, seguimos una estrategia en tres pasos. Primero nos ponemos en contacto con la familia del agresor. Si ellos no hacen nada, vamos a la policía. Y si nadie hace nada, le damos una paliza”, describe Usha, desde su despacho en el barrio suburbial de Lucknow, junto a varias fotos de Phoolan Devi, la líder local que fue violada por parientes y autoridades hasta que se tomó la justicia por su mano. Usha, sin embargo, concede que sólo han llegado al extremo de la violencia en cuatro ocasiones desde que comenzaron el proyecto, mientras que el resto se han quedado en amenazas. Pero es el recurso a la fuerza es lo que genera controversia, incluso entre sus defensores.
Las adolescentes también organizan patrullas por el distrito marginal de Madiyav, en las que asesoran a otras mujeres en caso de necesidad. / Á. L. M. C.
Desde la oficina india del Centro Internacional para el Estudio de la Mujer (ICRW), Nandita Bathla alude a la contradicción que entrañan las actividades de las Brigadas Rojas: “¿Cómo puede uno condenar la violencia por un lado y perpetrarla al mismo tiempo? Si se convierte en algo subjetivo, entonces cada uno tendrá un motivo para justificar actuaciones en contra de la ley”. Aunque la experta en violencia de género subraya la raíz del drama social: “El valor de estas chicas es romper el silencio impuesto por décadas y generaciones. ¿Por qué tienen ellas que garantizarse una seguridad que debería venir dada por el estado?”, se pregunta retóricamente, para acabar: “En un país en el que se ensalza la productividad de los jóvenes, la presencia de estas brigadas en las calles nos recuerda a todos lo mucho que les estamos fallando”.
“Antes avisaba a mi familia, pero nunca se quejaban para evitar enfrentarse a la comunidad. Una chica tiene que reaccionar rápido en estas situaciones”, sostiene Laxmi Vishwakarma, de 19 años y hermana de Usha, mientras explica cómo hace unas semanas abofeteó a un chico que tiró de su sujetador cuando caminaba por la calle. Laxmi insiste en que el problema es de mentalidad: “Hice una encuesta para la universidad en la que casi el 90% de las 300-400 familias entrevistadas querían que sus hijas estudiasen sólo para que se pudiesen casar con un hombre bueno. La mujer aquí es una desventaja, mientras que los niños son patrimonio”.
A Singhari Devi, la madre de Usha y Laxmi, le ha costado acostumbrarse a la situación. Hindú, vegetariana y tradicional, habría preferido que sus hijas hubiesen tomado la forma de Durga  —diosa del amor maternal—, en vez de la de Kali —la de la justicia violenta—. Ambas reencarnaciones de la misma deidad. Más aún que ahora la más pequeña de la familia también viste con el salwar kameezdistintivo de las brigadas pantalones negros como color de la protesta y kurta o parte superior roja simbolizando el peligro—. La simbología también es un arma en esta lucha, dicen ellas. La menor de las Vishwakarma no ha pasado por el horror de la violencia machista. Y asegura que antes de que eso ocurra, se defenderá de los golpes.

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