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viernes, 24 de enero de 2020

NOTICIAS SOBRE EL VIRUS QUE PONE EN JAQUE AL MUNDO

Lo que se sabe del nuevo virus de China que ha puesto en alerta al mundo

La OMS decide no declarar la emergencia internacional por una enfermedad desconocida hace solo 24 días

Un hombre se protege con una mascarilla en la ciudad de Wuhan. En vídeo, las claves del virus 2019-nCov. STRINGER (GETTY IMAGES) / VÍDEO: REUTERS-QUALITY
El comité de emergencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS) decidió este jueves en Ginebra no declarar la emergencia internacional por el brote del nuevo coronavirus con epicentro en la ciudad china de Wuhan. Lo que sigue son las certezas e interrogantes abiertos sobre el episodio.
¿Cómo empezó el brote?
Las autoridades chinas notificaron el pasado 31 de diciembre 27 casos de neumonía de origen desconocido, siete de ellos graves. Los afectados estaban aparentemente vinculados con un mercado de la ciudad de Wuhan, una gran metrópoli con 11 millones de habitantes, y el inicio de los síntomas se remontaba al 8 de diciembre. La causa de la dolencia fue identificada el 7 de enero como un nuevo coronavirus. China comunicó a principios de esta semana que el patógeno podía transmitirse de persona a persona, en contra de los primeros indicios.
¿Qué síntomas causa el virus?
El virus infecta las vías respiratorias y causa síntomas que van desde un cuadro leve (tos seca, fiebre...) a graves dificultades para respirar y una neumonía potencialmente mortal.
¿Cómo se contagia?
No están claros los mecanismos, aunque la forma más probable es a través de pequeñas gotas de saliva que el portador del virus excreta al toser. En todo caso, los contagios parecen limitados y se han producido entre contactos estrechos, como familiares y personal sanitario.
¿Hay casos asintomáticos?
Aún no se conoce con exactitud, aunque los expertos consideran que es probable, como ha ocurrido con otros virus similares.
¿Existe tratamiento?
No existe tratamiento ni vacuna. La asistencia médica se centra en los síntomas y en dar soporte vital al enfermo.
¿Cómo se diagnostica?
China compartió con la OMS la secuencia genética del virus el 12 de enero, cinco días después de su identificación. Esto permitió crear un protocolo de diagnóstico específico con el que cuentan todos los países miembros. Sin los análisis, es prácticamente imposible distinguirlo de otro tipo de neumonía, o incluso de una gripe.
¿A cuántas personas ha afectado?
Los afectados ya son 894, de los que 26 han muerto. No se conocen aún los mecanismos, pero la enfermedad afecta más a hombres y a personas mayores de 45 años.
¿Ha sido rápida la expansión del virus?
Los expertos destacan que el virus está viviendo una rápida expansión. En el país, que este jueves ha confirmado 894 casos, el virus ya ha sido identificado en todas las regiones menos en el Tíbet. Fuera de China, han sido diagnosticados 16 casos: cinco en Tailandia, tres en Singapur, dos en Vietnam, Japón y Corea del Sur y uno en Taiwan, y Estados Unidos. Todos contrajeron la enfermedad en China. Hasta la tarde de este jueves no se han documentado contagios fuera del gigante asiático. 
¿Qué es un coronavirus?
Son una extensa familia virus que afectan al ser humano y varias especies de animales. El que causa el resfriado común es uno de ellos. Otros solo afectan a animales, pero pueden sufrir mutaciones que les permiten saltar de especie y hacer enfermar a una persona. También pueden adquirir la capacidad de transmitirse entre seres humanos. Los precedentes más conocidos son el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS) surgido en China en 2002 y que causó más de 800 muertes y el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS, en sus siglas en inglés), identificado por primera vez en 2012 en Arabia Saudí y del que ha habido 2.500 casos confirmados y 850 muertes. Las investigaciones realizadas hasta el momento apuntan que el origen de ambos está en los murciélagos. En el primer caso, de ellos saltó primero a las civetas (un mamífero muy valorado gastronómicamente en China) y luego a los humanos, mientras en el segundo el virus afectó primero a los camellos. Las autoridades chinas sospechan que el nuevo virus pudo surgir de serpientes vendidas de forma ilegal en el mercado de Wuhan, aunque no descartan otras fuentes como pequeños mamíferos (ratas, tejones...).
¿Qué letalidad tiene el nuevo virus de Wuhan?
Los expertos apuntan que la tasa de mortalidad del nuevo patógeno es baja, sobre el 3%, en comparación con virus similares, según los primeros datos disponibles. Al virus del SRAS se le atribuye una mortalidad de entre el 10% y el 18% de los casos y el del MERS alcanza al 35% de los enfermos notificados, según la OMS. 
¿Podría el virus mutar y hacerse más virulento?
Aunque todo virus es susceptible de sufrir una mutación (de hecho, es lo que provoca que salte a humanos), desde que se localizó ha permanecido bastante estable, según señala la OMS, que advierte que es un escenario que no se puede descartar.
¿Qué medidas se han adoptado?
China ha decidido someter a cuarentena a la ciudad de Wuhan, de la que no es posible salir ni entrar desde la pasada madrugada, y otra docena de localidades cercanas. En ellas se ha generalizado el uso de mascarillas. En total, ha confinado a casi 40 millones de personas. Aeropuertos de la gran mayoría de los países asiáticos, así como Estados Unidos, Reino Unido y Rusia, entre otros, han establecido medidas de control para detectar viajeros procedentes de las zonas afectadas con síntomas compatibles con el nuevo virus, aunque prácticamente todas las aerolíneas ya han dejado de volar desde el entorno de Wuhan.
¿Que está haciendo la OMS?
La organización ha monitorizado la evolución del brote prácticamente desde el primer día, ya que ha situado los coronavirus entre las amenazas para causar una futura pandemia global. El comité de emergencia debe decidir ahora si declara la emergencia internacional, algo que el miércoles no decidió ante la división entre los miembros del comité, que volverá a reunirse este jueves.
¿Qué implica la declaración de emergencia internacional?
La declaración de una emergencia de salud pública de importancia internacional se adopta ante un brote una situación "grave, repentina, inusual e inesperada" con consecuencias sanitarias cuyo impacto se extiende más allá del país afectado. Con la declaración se inicia el proceso que haga posible una acción internacional inmediata y coordinada. La OMS ha adoptado esta decisión cinco veces: por la gripe A en 2009, contra la polio en 2014, contra el ébola en África Occidental en 2014, contra el zika en 2016 y el pasado mes de julio contra el ébola en la República Democrática del Congo.
¿Hay riesgo para España?
El Ministerio de Sanidad considera que "teniendo en cuenta los controles realizados por las autoridades chinas, el riesgo de introducción del virus en España en estos momentos se considera muy bajo". No existen vuelos directos entre los aeropuertos españoles y la zona de Wuhan. En todo caso, incluso si el virus llegara, "el impacto para la salud pública" también sería "muy bajo" debido a que, hasta el momento, la capacidad de transmisión del virus de persona a persona ha demostrado ser "limitada".
¿Cómo se llamará el nuevo coronavirus?
De momento, tiene uno provisional 2019-nCoV (nuevo virus de 2019), pero la OMS decidirá uno definitivo. Normalmente, se bautizan con el nombre del lugar donde fueron descubiertos, así que probablemente será el virus de Wuhan.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Cine chino

Wang Xiaoshuai pone rostro humano a las consecuencias de la política china del hijo único que ha moldeado el gigante asiático durante décadas


Foto: 'Hasta siempre, hijo mío'.
'Hasta siempre, hijo mío'.
La República Popular China instauró la política del hijo único entre 1978 y 1979, cuando las autoridades consideraron que el progresivo crecimiento demográfico de un país que por entonces se acercaba ya a los 1.000 millones de habitantes resultaría incompatible con los planes de modernización gubernamentales. Así, millones de ciudadanos chinos vieron su experiencia de la paternidad y sobre todo de la maternidad condicionada, controlada y reprimida por los dictámenes del Estado. Por no hablar de la cantidad de menores, sobre todo niñas, afectados. Desde que se derogó en 2015, la política del hijo único ha sido revisada en perspectiva como uno de los factores que más han moldeado el devenir de la China contemporánea, de la misma forma que la Revolución cultural definió el periodo anterior. A este respecto, en el pasado Festival de Sundance, se estrenó el documental 'One Child Nation', de las directoras Nanfu Wang y Jialing Zhang, y ahora llega a las pantallas 'Hasta siempre, hijo mío', el drama de Wang Xiaoshuai que recorre varias décadas de la historia de su país a través de la vida de un matrimonio marcado por esta política.
En los años ochenta, Liu Yaojun y Wang Liyun ven cómo su hijo Xing muere tras ahogarse en un pantano donde jugaba con otros chavales, entre ellos su mejor amigo Shen Hao, hijo de los Shen, compañeros inseparables de los Liu hasta entonces. Yaojun y Liyun acunan su dolor a lo largo de varias décadas en que conviven con el misterio no esclarecido que envuelve el accidente, la imposibilidad de tener más hijos por razones también derivadas de los condicionantes políticos y el intento de 'reemplazar' a Xing por otro niño adoptado que se rebela contra su condición de mero sustituto. La tragedia de los Liu otorga un anclaje humano a una película-río que resigue las mutaciones en la China contemporánea a través de estos personajes.
Wang Xiaoshuai pertenece a esa generación de cineastas surgida en los años noventa de la rebelión juvenil de Tiananmén. Como sus colegas Zhang Yuan, Lou Ye o el más conocido y joven de todos Jia Zhangke, Wang inició su carrera a finales de los años noventa desmarcándose de las directrices que había trazado la llamada Quinta Generación. Al contrario que directores como Zhang Yimou o Chen Kaige, a estos jóvenes cineastas no les interesaba rodar un exquisito cine de época repleto de hermosas concubinas y semillas de crisantemo, sino plasmar las problemáticas y las urgencias del presente de su país. Fueron ellos quienes incorporaron una mirada crítica a la China en plena mutación económica, e incorporaron a sus filmes temas hasta entonces tabú como la corrupción, la sexualidad o la marginación social. Lo que les acarreó más de un enfrentamiento con las autoridades. Aunque el director de 'La bicicleta de Pekín' se fogueó por motivos obvios en una estética y unos condicionantes de producción cercanos al 'underground', Wang Xiaoshuai también es el representante de su generación que, abordando asuntos siempre espinosos, más se ha decantado por un estilo clásico, por momentos rayano en cierto convencionalismo.

'Hasta siempre, hijo mío'.
'Hasta siempre, hijo mío'.
Esta tendencia a una narrativa visual un tanto académica también aqueja por momentos 'Hasta siempre, hijo mío'. Al contrario del magistral Jia Zhangke o el más atrevido Lou Ye, Wang nunca ha destacado por el poderío cinematográfico de sus filmes. Aquí sobresale por su capacidad para desplegar un relato a lo largo de casi medio siglo de historia sin que se desmorone la película. El cineasta ha optado por un montaje no lineal de los acontecimientos que puede inducir por momentos a cierta confusión, pero que también insufla dinamismo al filme. Un cuidado diseño de producción nos sumerge en las diferentes etapas de la evolución social y económica de China a partir casi exclusivamente del retrato en interiores, y no a través de grandes acontecimientos colectivos y públicos. Así, Wang mantiene este precepto tan propio de cierta forma de entender el melodrama que conecta al espectador con los sucesos históricos a través de cómo los experimentan de forma personal los personajes.
Aquí sobresale el director por su capacidad para desplegar un relato a lo largo de casi medio siglo de historia sin que se desmorone la película
Yaojun y Liyun, interpretados respectivamente por Wang Jingchun y Yong Mei, que consiguieron sendos Osos de Plata a la mejor interpretación en el pasado Festival de Berlín, representan el centro de gravedad emocional de 'Hasta siempre, hijo mío'. Pero a su alrededor gravitan una serie de personajes que permiten complementar y matizar el retrato colectivo de la China actual. Sus amigos íntimos, los Shen, encarnan el paradigma de personajes triunfadores al haber sabido adaptarse a cada cambio de hegemonía, y pasan de ejercer de funcionarios ejecutivos del control comunista a abrazar sin problemas la economía de mercado especulativa.

'Hasta siempre, hijo mío'.
'Hasta siempre, hijo mío'.
Aunque se agradece que Wang no quiera reducir la familia Shen a simple antítesis fatídica de la pareja protagonista, el tramo final de la película resulta un tanto irritante en su afán conciliador entre los diferentes personajes y conformista con el 'statu quo'. La necesidad de los Liu de sanar su herida tiene tanto que ver con alcanzar por fin cierta paz interior como con aliviar el sentimiento de culpa de sus amigos, que representan cierta idea de triunfador según el pensamiento dominante en la China actual. Y no hay señal más evidente de que un conflicto se cierra en falso que quienes se vean más obligados a perdonar, ceder y olvidar sean los perdedores.

lunes, 11 de junio de 2018

La espiritualidad en China

Fe en tiempos de materialismo: espiritualidad y religión en China

Fe en tiempos de materialismo: espiritualidad y religión en China
Fuente: Pixabay
La República Popular China no es el bastión del ateísmo que muchos todavía imaginan. Tras la histórica supresión de toda manifestación religiosa durante la Revolución Cultural, el país asiste hoy a un auténtico resurgir del sentimiento espiritual y religioso. ¿Cómo responde el Partido Comunista Chino (PCCh), la mayor organización atea del mundo, ante los desafíos que pueden plantear los grupos movidos por algo tan transformador como la fe?
Hubo un tiempo en que China se gobernaba prácticamente desde sus templos, centros de culto espiritual diseminados por los pueblos y ciudades del vasto imperio. Aquellos no eran solo espacios en los que honrar a un dios o conmemorar un día sagrado; también eran lugares donde un comité local decidía y manejaba todos los aspectos de vida de la comunidad. Los templos eran espacios de reunión, proclamas y castigos. Lugares sagrados convertidos en auténticos centros de poder.
El sistema religioso estaba totalmente integrado en el sistema político, como un pegamento que mantenía aglutinada a la sociedad. A la cabeza se hallaba el emperador, “hijo del Cielo” y representante de este en la Tierra. Es por ello por lo que, cuando los revolucionarios de finales del siglo XIX se propusieron tirar abajo el sistema, empezaron por la religión.
Es preciso recordar que las doctrinas mayoritarias de entonces —budismo, confucianismo y taoísmo— no funcionaban como instituciones separadas, con su masa de creyentes y estructura orgánica propias, sino que la gente creía en una amalgama de fes a las que a menudo se ha referido simplemente como “religiones chinas”. El sentimiento religioso no era tanto una cuestión de etiquetas, de esta o aquella identidad, sino una cuestión de comunidades con dioses, días sagrados y ritos propios. Por ello tiene más sentido hablar de fes que de religiones.
Se calcula que el país tenía en torno a un millón de templos a comienzos del siglo XX, con pueblos que acogían varios lugares de culto. Fuente: ArchitectureIMG.com

La última dinastía

El que siguió a la caída de la dinastía Qing en 1912 fue uno de los mayores movimientos antirreligiosos de la Historia. El fenómeno ocurría en una época de declive de la civilización china tradicional y la consiguiente crisis de confianza. El sentimiento de superioridad de la cultura china que caracterizaba a la sociedad del Imperio del Medio no duraría más que hasta el encuentro con Occidente en las guerras del Opio (1839-1842 y 1856-1860). Aquella serie de derrotas militares transformaron dicho sentimiento en una necesidad de grandes cambios para poder sobrevivir. No bastaba con nuevas políticas, ni siquiera con una nueva dinastía: había que tirar todo el sistema abajo.
Paralelamente, una fe extranjera crecía cada día en número de adeptos. Al contrario que el islam, que permanecía casi confinado en una región periférica desde hacía siglos, el cristianismo comenzó a extenderse por las clases más influyentes, acelerado por la llegada de misioneros cristianos tras las derrotas chinas en las guerras del Opio. Y esta fe atrajo la mirada de los reformadores, que veían en Occidente una fuente de inspiración para la construcción del nuevo régimen. La atrajo hasta el punto de que se propusieron destruir todo aquello que no se asemejara a las prácticas cristianas tachándolo de superstición. Así comenzó la limpieza religiosa, con la implementación del cristianismo como método para acabar con las viejas formas. Desde el fin del imperio a la victoria comunista en 1949, alrededor de la mitad de los templos que poblaban China a final de siglo fueron destruidos o destinados a otros usos.
El líder del Kuomintang, Chiang Kai-shek, reza en una iglesia en Nanjing en 1948. Fuente: Everyday Life in Maoist China

Religión en la era comunista

Durante los primeros años de la República Popular China, todavía se toleraba la religión. Se permitió a budistas, taoístas, musulmanes, católicos y protestantes —las cinco religiones oficiales— formar asociaciones y dirigir los templos, mezquitas e iglesias que quedaban en pie. Pero esta situación no duraría mucho: en los 50 Mao empezó a suprimir la actividad religiosa, y para cuando lanzó la Revolución Cultural en el año 66 el PCCh comenzó uno de los asaltos a la religión más atroces de la Historia. Todos los lugares de culto se desmantelaron o se convirtieron en fábricas u oficinas del Gobierno. Monjes de todas religiones fueron obligados a casarse o enviados a prisión y otros tantos comenzaron a reunirse en secreto y tratar de guardar sus escrituras y manuales de rito. Se prohibió la práctica de cualquier forma física de espiritualidad, como la meditación y muchas artes marciales. La única forma de culto permitida era el culto a Mao; algunos incluso le rezaban. Parte de esto era bajo coacción —no mostrar suficiente fervor revolucionario era motivo de cárcel o muerte—, pero para muchos constituía un buen sucedáneo de religión a falta de libertad para profesar otras fes.
Pero Mao no era ningún dios, y cuando murió muchos no supieron cómo canalizar sus miedos y aspiraciones. El partido respondió con un intento de volver a los 50 y en 1982 publicó el llamado Documento 19: “El punto de vista y política básicos sobre la cuestión religiosa durante el período socialista de nuestro país”. Se trata de un texto en el que se reconocen los errores del periodo maoísta y se establece un renovado “respeto y protección de la libertad de creencia religiosa”. Los líderes del PCCh parecían convencidos de que el sentimiento religioso moriría con las generaciones anteriores a 1949. Como resultado, se alcanzó un equilibrio reflejado hoy en la tolerancia por parte del Gobierno de aquellas expresiones religiosas que discurren por canales oficiales y no amenacen la estabilidad o el orden impuesto por el partido. Esto se traduce en un estricto control gubernamental de los templos, mezquitas e iglesias que se reabrieron tras el Documento 19 y un pequeño o nulo espacio de la religión en la esfera pública y los medios de comunicación.
Para ampliar: “China’s Great Awakening”, Ian Johnson en Foreign Affairs, 2017

El resurgir de la fe

El colapso del maoísmo tras su muerte tuvo un doble efecto en la sociedad. Por un lado, la libertad de creencia religiosa aumentó paulatinamente y se ampliaron los márgenes de sus distintas manifestaciones. Por otro, dejó un vacío espiritual que, décadas después, empujaría a la gente a preguntarse por la felicidad más allá de las ganancias materiales. En 2005 se calculó que cerca de 300 millones de chinos —el 31% de la población— eran religiosos, tres veces más que la anterior aproximación oficial. El cristianismo es la religión que más rápido crece; algunas investigaciones han concluido recientemente que su número de creyentes en China alcanza los cien millones —comparados con los 89 millones de miembros del PCCh—.
Para ampliar: “New religious breakdown in China”, Alana Yzola en Business Insider, 2015
Fuente: Reuters
Hay minorías étnicas en China —como los budistas tibetanos o los uigures musulmanes— que siempre han tenido presente la religión, a menudo como forma de resistencia frente a un Estado opresor. Pero la espiritualidad o el sentimiento religioso también se está abriendo paso entre los chinos de etnia han, el grupo al que pertenece el 91% de la población. Y, aunque China es el país más irreligioso del mundo, la religión se ha convertido en un sistema de apoyo para quienes no encuentran suficientes respuestas en la sociedad secular. Ya no es cosa de grupos marginales, sino también de los grupos más beneficiados por el despegue económico.

Los peligros de la meditación

El PCCh observa con cautela el estallido del sentimiento religioso, temeroso de los desafíos que podría plantear al statu quo. El episodio más significativo tuvo lugar en 1999 —y en adelante— con la prohibición del movimiento Falun Gong. Falun Gong —o Falun Dafa— se originó a finales de los 80, en pleno boom de las prácticas chi kung, centradas en la salud como la meditación, el taichí y la acupuntura. Durante este periodo proliferaron numerosos grupos que atrajeron la atención de cientos de millones de personas hacia estas prácticas, sobre todo gente de entornos urbanos. Pero Falun Gong se diferenciaba del resto de grupos en la medida en que combinaba las prácticas físicas con enseñanzas morales y espirituales. Se trata de una organización sin estructura jerárquica, sin membresías, sin espacios para la adoración. La autoridad espiritual e ideológica del movimiento se concentra en su líder, Li Hongzhi —quien habló en alguna ocasión de visiones apocalípticas y advirtió de la existencia de alienígenas—. ¿Religión? ¿Culto? ¿Secta? Para el tema que nos ocupa, un movimiento espiritual pacífico cuyas cifras de seguidores han terminado por asemejarse a las de los miembros del PCCh.
El emblema falún muestra diversos taijitus —símbolos del yin y el yang— y sauvásticas, símbolo de buena fortuna conocido en China como wan. Fuente: Wikimedia
A medida que crecía la popularidad de Falun Gong, incluso entre los chinos de la diáspora, también lo hacían los miedos del por aquel entonces presidente Jiang Zemin. La campaña de demonización del movimiento escaló en abril de 1999 cuando cerca de 10.000 practicantes se reunieron en Pekín para protestar contra el Gobierno y demandar el fin del acoso mediático. Aquel episodio supuso el mayor incidente político desde las protestas estudiantiles de Tiananmén una década antes. Fue entonces cuando el Gobierno se propuso acabar con la organización declarándola ilegal y procediendo a la quema de libros y la detención de sus seguidores, que se cuentan por decenas de miles. Ethan Gutmann, autor de La masacre, calculó que al menos un 15% de la población encarcelada en campos de trabajo para la “reeducación” pertenecían a Falun Gong. Organizaciones de derechos humanos denunciaron que los detenidos estaban siendo objetos de trabajos forzados, torturas, ejecuciones arbitrarias y sustracción de órganos.
Hoy Falun Gong es uno de los mayores movimientos opositores al Gobierno chino, con millones de practicantes dentro y fuera de las fronteras del país. En Hong Kong el grupo ha desarrollado conexiones con otros grupos prodemocracia y continúa convocando manifestaciones y participando cada año en la conmemoración de la masacre de Tiananmén y las marchas del 1 de julio. En Taiwán, donde el grupo tiene una presencia muy significativa, participan en las campañas contra la anexión a la República Popular.
Para ampliar: “Followers of Falun Gong in Public Relations Battle”, Daniel J. Wakin en The New York Times, 2002
Practicantes occidentales de Falun Gong durante una protesta en Tiananmén en 2001. Fuente: Minghui
La persecución del grupo es un ejemplo de la necesidad del partido de acabar con toda organización que suponga una remota amenaza al orden existente, pese a que Falun Gong es una organización sin historial de violencia o actividades terroristas, salvando el incidente en Tiananmén en 2001, en el que cinco supuestos seguidores se quemaron a lo bonzo y dos murieron. La gran ironía de este oscuro episodio es que el Gobierno chino convirtió a Falun Gong exactamente en aquello que temía.

No es país para creyentes

El partido responde con cierta flexibilidad ante los grupos religiosos guiados y financiados desde China, pero aquellos con conexiones en el exterior, como los budistas tibetanos y su exiliado dalái lama, los musulmanes inspirados por movimientos islámicos mundiales o los cristianos que se vuelven al exterior en busca de liderazgo, son sistemáticamente perseguidos. De ahí los recientes episodios de demolición de iglesias o la eliminación de más de 1.200 cruces cristianas desde 2013, en lo que muchos perciben como un intento de frenar la expansión del cristianismo en el país, o la exigencia del Gobierno de que los musulmanes —uigures, kazajos, kirguises— entreguen sus copias del Corán so pena de castigo.
Para ampliar: “Lo que China esconde: el encaje uigur”, Benjamín Ramos en El Orden Mundial, 2015
La nueva búsqueda de espiritualidad es más profunda que cualquier otra expresión de insatisfacción con objetivos a pequeña escala. Si bien es cierto que la fe puede ser una vía de escape a la política, también lo es que puede inspirar la acción social. Los movimientos espirituales y religiosos tienen la capacidad de transformar radicalmente una sociedad, porque ofrecen un proyecto alternativo de sistema y la fe es un poderoso pegamento aglutinador. O bien, como en el caso de los uigures musulmanes o los budistas tibetanos, puede ser una forma de resistencia contra el régimen opresor. Es por ello por lo que China teme tanto las manifestaciones religiosas desde el momento en que comienzan a escapar al control gubernamental.

domingo, 10 de junio de 2018

Control sobr elas religiones en China

China refuerza el control sobre las actividades religiosas

La segunda potencia económica mundial vive un auge de la práctica religiosa

Católicos asisten a una misa matutina en la Iglesia Católica Xuanwumen en Pekín, el martes
Católicos asisten a una misa matutina en la Iglesia Católica Xuanwumen en Pekín, el martes EFE
En la primavera de 2016, durante una conferencia nacional, el presidente chino, Xi Jinping, declaró “de especial importancia” las cuestiones religiosas. En octubre, durante el 19 Congreso del Partido Comunista de China en el que expuso su programa para los próximos cinco años, llamó a la sinización de las distintas confesiones. Este jueves ha entrado en vigor una revisión de la ley sobre la práctica religiosa que los creyentes temen que vaya a incrementar aún más la vigilancia sobre ellos.
Las enmiendas de la ley, dividida en nueve capítulos, imponen multas a quienes alquilen espacio para  las reuniones de una congregación religiosa no registrada. También endurece el control del Gobierno sobre el contenido que las instituciones religiosas vuelquen en Internet, y aumenta la vigilancia sobre las escuelas confesionales. Pero, sobre todo, la legislación renovada deja claro que la práctica de la religión estará siempre subordinada a lo que el Estado considere cuestión de seguridad nacional.
“Ningún individuo u organización puede usar la religión para desarrollar actividades que pongan en peligro la seguridad nacional, alteren el orden público… ni otras actividades que perjudiquen a los intereses del Estado o de la sociedad” indica el artículo 4.
“Estas nuevas regulaciones y enmiendas solo aprietan aún más el puño del Gobierno chino sobre la práctica religiosa”, ha indicado Amnistía Internacional. “Tras el nombre burocrático de la ley se encuentran una serie de enmiendas draconianas que verán mayor interferencia estatal, más actividades religiosas prohibidas, más sanciones económicas sobre las organizaciones religiosas”.
La revisión de la ley, y la orden de sinizar las distintas religiones, surge del enorme auge que vive la religión -en cualquier de sus diferentes manifestaciones- en una China oficialmente atea. Los templos se llenan con regularidad; los montes sagrados reciben millones de visitas de fieles; las comunidades protestantes se multiplican.
Aproximadamente un 18% de la población, 245 millones de personas en un país de 1.400 millones, es budista, según el Centro Pew Research Center. Un 22% mantiene creencias tradicionales relacionadas con el taoísmo; oficialmente, el cristianismo suma cerca de 40 millones de fieles, pero algunos expertos calculan que la cifra real puede superar los 88 millones de militantes del Partido Comunista de China. El profesor Yang Fenggang, de la Universidad Purdue en Indiana (EE UU) ha estimado que para 2030 este país podría convertirse en el de mayor población cristiana de la tierra, con casi 250 millones de creyentes.
El régimen, sospechoso de cualquier movimiento social que pueda poner en entredicho su mandato, ve ese auge, especialmente el de las religiones “foráneas” (islam, protestantismo y catolicismo) con preocupación. Si en el caso del islam se alega el temor al extremismo, en el caso de las confesiones cristianas preocupan las iglesias clandestinas, que no aceptan la guía de las organizaciones “patrióticas” oficiales. La perspectiva de regularizarlas puede encontrarse detrás del interés chino en un posible acercamiento con el Vaticano.
Si durante sus cinco años de mandato ya ha encabezado un fuerte aumento del control sobre la sociedad civil y las minorías étnicas, Xi Jinping ha subrayado en diversas ocasiones la necesidad de resistir la “infitración extranjera por la vía de la religión”. Ha puesto de manifiesto que lo considera un asunto de seguridad nacional; según el presidente chino, los “valores centrales” del socialismo son los que deben guiar a las religiones en este país.
El Partido ha vuelto a enfatizar también que sus miembros no pueden ser creyentes. “La fe religiosa es una línea roja para cualquier militante”, ha dicho Wang Zuoan, director de la Administración Estatal para los Asuntos Religiosos, “los miembros del Partido deben ser firmes marxistas ateos, obedecer las normas del partido y adherirse a la fe del Partido”.
Qué efectos tendrán las nuevas regulaciones está aún por ver. Como la mayor parte de la legislación china, muchos de sus artículos están redactados en términos generales, sujetos a una interpretación que puede cambiar de un día para otro, o de una provincia a otra.
Algunos de sus artículos, apuntan comunidades protestantes, pueden interpretarse como -quizás- una puerta abierta a un procedimiento menos rígido para registrarse legalmente sin necesidad de pasar por las organizaciones oficiales. Otras provisiones atajan problemas surgidos con el rápido crecimiento de la religión, como la falsificación de títulos religiosos por parte de personas sin cualificación, o la comercialización de algunos templos.
En agosto pasado, el periódico Beijing News se hacía eco de uno de estos templos, en la provincia de Hebei, explotado por los vecinos del pueblo: con estatuas budistas y confucianistas, e incluso imágenes de Jesucristo, había logrado atraer un público que donaba cerca de 1,5 millones de dólares al año.

Las religiones en China

China endurece su postura frente a las religiones: confisca cruces, prohíbe el velo y aumenta controles sobre centros budistas

El gobierno aumentó el control sobre las actividades religiosas y estableció nuevas responsabilidades legales y multas, en medio de un conflicto con la minoría católica seguidora del papa Francisco. También hay serias restricciones para los fieles del Islam y los seguidores de Buda
Una cruz en la iglesia de San José, también conocida como Wangfujing en Beijing (AFP)
Una cruz en la iglesia de San José, también conocida como Wangfujing en Beijing (AFP)
El régimen comunista está endureciendo su postura frente a las religiones, con las que históricamente mantiene una relación difícil, con una nueva normativa que aumenta los controles especialmente sobre las minorías cristianas y musulmanas.
En tiempos recientes muchos católicos han desafiado al Gobierno chino al asistir a las llamadas iglesias "clandestinas", en comunión con Roma y perseguidas por Beijing.
A partir de mañana, y en consecuencia, entra en vigor una versión revisada del Reglamento de Asuntos Religiosos que endurece el control de las autoridades sobre las actividades religiosas y establece nuevas responsabilidades legales y multas.
La represión no es nueva. En los últimos meses, China ha derribado varias iglesias alegando que eran ilegales, ha confiscado cruces y ha obligado a sustituir retratos de Cristo por otros del presidente Xi Jinping.
Un retrato de Jesús y José, como los que han sido reemplazados con fotos del presidente Xi Jinping (AFP)
Un retrato de Jesús y José, como los que han sido reemplazados con fotos del presidente Xi Jinping (AFP)
También ha prohibido los velos o barbas en el hogar de la minoría étnica uigur, de fe musulmana, y no permite que los niños asistan a actividades religiosas durante las vacaciones.
Aunque oficialmente en China existe libertad de culto, la realidad es bien distinta. "No se puede llamar libertad religiosa, sino persecución religiosa disfrazada de libertad", denuncia Brynne Lawrence, de la organización China Aid, que desde Estados Unidos coordina una amplia red de activistas y cristianos clandestinos chinos.
"China se asegura de que lo que se predica coincide solo con lo que el Partido Comunista (PCCh) quiere que la gente crea", dice, y asegura que la situación en el país asiático es actualmente "la peor en términos de derechos humanos y libertad religiosa desde los días del presidente Mao".
Existen cerca de 10 millones de católicos en China, aunque divididos entre quienes siguen a la Iglesia oficial, cuyos obispos son nombrados por el Gobierno, y los fieles al papa Francisco, que practican la religión en iglesias no oficiales y son perseguidos por el régimen comunista.
Un hombre rezando en Wangfujing (AFP)
Un hombre rezando en Wangfujing (AFP)
Fuertes multas y amenaza de detención
La nueva normativa sigue prohibiendo a aquellos que no han obtenido el permiso gubernamental a ejercer como "profesionales religiosos", e insiste en que los grupos sin autorización no podrán recibir donaciones o difundir información religiosa en internet, entre otras.
Quien incumpla la ley, se enfrentará a sanciones más duras que las actuales, como multas de entre 100.000 y 300.000 yuanes (unos 13.000 y 39.000 euros) por organizar grandes eventos religiosos sin autorización.
Aunque, de momento, solo se especifican las sanciones económicas, todos saben que también existe el riesgo de ser detenido.
"Las nuevas regulaciones otorgan a los funcionarios más poder sobre los ciudadanos religiosos de China, y es probable que lo usen", advierte China Aid, que teme que ahora la represión aumente.
Musulmanes chinos de la etnia Hui, en Xinjiang
Musulmanes chinos de la etnia Hui, en Xinjiang
Uno de los jóvenes que acuden habitualmente a estas iglesias "clandestinas", y pide mantenerse en el anonimato- lamenta a Efe que las restricciones sean cada vez "más estrictas".
Suelen celebrar las misas en casas, aunque van cambiado de sitio para evitar ser detectados por la estricta vigilancia de las autoridades. Los sacerdotes, máximos responsables de estas reuniones clandestinas, corren ahora un mayor riesgo: "Me parece injusto", dice.
Sin embargo, el endurecimiento de la ley no ha sorprendido a los curas no reconocidos por Beijing , como es el caso de Xiao (nombre ficticio), que fue detenido en el pasado por formar parte del grupo de católicos clandestinos en China.
"Siempre nos han obligado a registrarnos. Esta ley no es nueva, porque antes ya nos lo pidieron y no lo hicimos", explica este cura, quien asegura que seguirá celebrando misa siendo fiel a sus principios.
Un monje tibetano en el monasterio Jal Gu Si Wu Min Fo Xue Yuan (Paula Bronstein/Getty Images)
Un monje tibetano en el monasterio Jal Gu Si Wu Min Fo Xue Yuan (Paula Bronstein/Getty Images)
Todos esperan que esta batalla entre China y el Vaticano acabe pronto y lleguen a un acuerdo, pues desde hace meses se ha producido un acercamiento entre ambas partes.
No sólo cristianos
Pero no solo los católicos son objetivo del régimen comunista. También los musulmanes, que en el país suman unos 20 millones, han sufrido recientemente las restricciones de las autoridades bajo el pretexto de "frenar el extremismo religioso".
Las autoridades igualmente han impuesto nuevos controles sobre el Larung Gar, la mayor academia independiente de budismo en el Tíbet, denunció Human Rights Watch.
A partir de ahora, en el monasterio se enseñará "el honor y apoyo al PCCh y el sistema socialista", y se entrenará a los monjes para que "defiendan la unificación de la patria, mantengan la unidad nacional y la religión patriótica y cumplan sus votos".
Con información de EFE