Mostrando entradas con la etiqueta entrevistas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta entrevistas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de abril de 2018

Premios VIRTUS participa un alumno del IES Cuenca Nalón, Juan Carlos Gómez

La imagen puede contener: una persona

Juan Carlos Gómez en la radio mostrando en lo que participa en su entorno, aquí podéis escuchar su entrevista.
Es un orgullo oírte en la radio, sacando lo mejor de ti.

https://www.ivoox.com/25474006


¡Felicidades Juan Carlos! Vamos a votar darle al ME GUSTA para que consiga una buena posición en estos premios.


Cope Mieres ha añadido 2 fotos nuevas.
21 horas

Juan Carlos Gómez Andrés, 17 años, del IES Cuenca Nalón. Nuevo concursante de nuestro programa VIRTUS. Sus profesores lo han seleccionado porque además de ser un buen alumno, saca tiempo para practicar deporte (fútbol) y sobre todo para colaborar intensamente con la Asociación Cruz de los Ángeles. Con ella colabora en programas para mayores (intercambio de actividades con otros centros de mayores) , en el banco de alimentos y en los programas con niños a los que ayuda tanto en los juegos como con los deberes.


sábado, 11 de octubre de 2014

Entrevista de Rosa Montero a Malala

“Hay que morir alguna vez en la vida”

Con solo 16 años es un icono global contra el integrismo. Los talibanes le arrebataron su infancia a balazos. Sin miedo. Sin rencores. Esta es su historia

"Empecé mi lucha a los diez años". / ANTONIO OLMOS
Es diminuta pero posee una cabeza rotunda, una cabeza que destaca en la delicadeza de su cuerpo de elfo. Viste ropas tradicionales pastún de alegres colores y su cara está enmarcada en un bonito chal estampado de flores y colocado con gracia. Se le ve el cabello, detalle muy importante en la tremenda jerarquía de tocados musulmanes para mujeres, desde la siniestra y carcelaria burka hasta el ligerohiyab. Parece una figurilla de belén, una pastorcita de terracota. “Le voy a contar algo de mí”, le digo nada más sentarnos en la fea y burocrática sala privada de un hotel de Birmingham, que es donde se está celebrando el encuentro. “Verá, yo he hecho muchas entrevistas durante décadas, hasta que hace cuatro o cinco años me cansé y ya no hice más. Sin embargo, cuando me propusieron su nombre, inmediatamente dije que si. Así que usted es responsable de mi regreso a este género periodístico…” Malala me mira con una atención absoluta, con una concentración perfecta, una adolescente cautelosa y seria que lo controla todo. Empieza a darme las gracias, muy educada, como corresponde a lo que acabo de decirle. Le interrumpo: “En realidad no se lo digo para halagarle, aunque desde luego la admiro; se lo digo porque me quedé pensando en el enorme efecto que tiene usted en tantísima gente alrededor del mundo. ¿No le agobian las expectativas que todos parecemos tener sobre usted?”.
-No. Estoy entregada a la causa de la educación y creo que puedo dedicarle mi vida entera. No me importa el tiempo que me lleve. Me concentro en mis estudios, pero lo que más me importa es la educación de cada niña en el mundo, asi que empeñaré mi vida en ello y me enorgullezco de trabajar en pro de la educación de las niñas, y la verdad es que es una gran oportunidad tener esta entrevista hoy con usted. ¡Gracias!
Ha contestado con firmeza, con seguridad y con tanta profesionalidad que la última palabra la ha dicho en español. Me la imagino aprendiendo a decir gracias en todos los idiomas de sus entrevistadores. Una niña aplicada. En su libro Yo soy Malala(Alianza Editorial) cuenta con gracia una anécdota reveladora: “Mi profesor de Química [en Paquistán], el señor Obaidullah, decía que yo era una política nata porque, al comienzo de los exámenes orales, yo siempre decía: ‘Señor, ¿puedo decirle que usted es el mejor profesor y que la suya es mi clase preferida?”. El nivel de autocontrol de Malala me parece increíble: ¡tiene dieciséis años! Pero, como se ve en su escalofriante y conmovedor libro, lleva viviendo una vida extremadamente adulta y anormal desde los diez. Lo talibanes no lograron ni matarla ni callarla cuando le metieron una bala en la cabeza, pero le robaron una buena parte de su infancia.
 -¿Ya está bien de salud?
-Estoy muy bien, y esto es por las oraciones de la gente, y también por las enfermeras y los médicos en el hospital, que me han atendido muy bien, y porque Dios me ha concedido una nueva vida. Hago fisioterapia una o dos veces al mes en el lado izquierdo de mi cara, porque el nervio facial que controla el movimiento de este lado fue cercenado por la bala y por lo tanto había dejado de funcionar, pero ya han cosido el nervio, ha empezado a reconstruirse y está recuperándose muy bien. Ha alcanzado un 88% de recuperación.
-¿Le han dado ayuda psicológica?
-Sí, los psicólogos del hospital me han ayudado. Vinieron y me hicieron muchas preguntas y a las dos o tres sesiones dijeron, Malala está bien y ya no le hace falta tratamiento… Además es muy aburrido.
La bala entró por debajo del ojo izquierdo y salió por el hombro. Le destrozó los huesos de media cara, cortó el nervio y rozó el cerebro, que se inflamó tanto que tuvieron que quitarle toda la tapa de la cabeza. Durante meses estuvo con el cerebro al aire y con el pedazo de cráneo metido, para su conservación, bajo la piel del abdomen (al final tiraron el hueso y le pusieron una pieza de titanio). También estuvo meses con medio rostro desplomado: no podía reir, apenas podía hablar, no podía parpadear con el ojo izquierdo y los dolores eran terribles. En su discurso a la ONU el pasado 12 de julio, el día que cumplió dieciséis años, se le notaban más las secuelas que ahora: la rehabilitación hace su efecto. Sigue siendo una chica guapa y sólo queda una ligera sombra de desequilibrio en su cara.
-Le pregunto todo esto porque usted ha pasado por una situación durísima, y ahora podría tomarse cierto tiempo para recuperarse. Pero no, inmediatamente ha sacado usted este libro, que le obliga a volver a dar entrevistas y a estar de nuevo en primera línea. Eso es una elección. Y parece dura.
Estar en primera línea es mi vida. Ya no puedo abandonar
-Es que esto ya es mi vida, no es sólo una parte de ella. No puedo abandonar. Cuando veo a la gente de Siria, que están desamparados, algunos viviendo en Egipto, otros en el Líbano; cuando veo a toda la gente de Paquistán que está sufriendo el terrorismo, entonces no puedo dejar de pensar, “Malala, ¿por qué esperas a que otro se haga cargo? ¿Por qué no lo haces tú, por qué no hablas tú a favor de sus derechos y de los tuyos?” Yo empecé mi lucha a los diez años.
-Lo sé. Cuando llegaron los talibanes.
-En aquel entonces vivía con mi padre en Swat, es nuestra región natal, y y los talibanes se levantaron y empezó el terrorismo, azotaron a las mujeres, asesinaron a las personas, los cuerpos aparecían decapitados en las plazas de Míngora, nuestra ciudad. Destruyeron muchas escuelas, destruyeron las peluquerías, quemaron los televisores en grandes piras, prohibieron que las niñas fueran a la escuela. Había mucha gente en contra de todo esto, pero tenían miedo, las amenazas eran muy grandes, así que hubo muy pocos que se atrevieron a hablar en voz alta en pro de sus derechos, y uno de ellos fue mi padre. Y yo seguí a mi padre.
El libro de Malala no es sólo sobre Malala sino, en gran medida, también sobre su padre. Un tipo singular y sin duda heroico, un maestro dispuesto a conquistar, por medio de la cultura, un futuro de justicia y de paz en un mundo en llamas. Y un hombre que, además, en una sociedad brutalmente machista como la pastún, apoyó a su hija mayor y le dio la misma libertad y la misma confianza que a un varón. El padre, Ziauddin, también está aquí, sentado al otro lado de la mesa. Bajito, de unos cuarenta años, con algo limpio y casi niño en su sonrisa. La gravedad de Malala contrasta con la ligereza juvenil de Ziauddin. Pero, claro, él no perdió su infancia ni tuvo que luchar contra todo su mundo para ser reconocida como persona pese a ser mujer. A los once años, en lo más negro del terror talibán, Malala empezó a escribir un blog para la BBC en urdú. En la primera entrada decía: “En mi camino a casa desde la escuela escuché a un hombre gritando: ¡Te mataré! Apresuré el paso… pero para mi gran alivio vi que estaba hablando por su movil y que debía de estar amenazando a otra persona”. Aunque firmaba con seudónimo, todo el mundo acabó sabiendo que era ella. Además empezó a acudir a las televisiones y a las radios, junto con su padre, a protestar por los abusos. Fueron casi los únicos en hacerlo.
-El libro tiene una parte que es como un cuento de terror. Dice usted: “Tenía diez años cuando los talibanes llegaron a nuestro valle. Moniba [su mejor amiga] y yo habíamos estado leyendo los libros deCrepúsculo y deseábamos ser vampiras. Y nos pareció que los talibanes llegaron en la noche exactamente como vampiros"...
- Lo importante es que si preguntas a los niños aquí de qué tienen miedo, te van a contestar que de un vampiro, de Drácula o de un monstruo, pero en nuestro país tenemos miedo a los humanos. Los talibanes son seres humanos pero son muy violentos y hacen tanto daño que cuando un niño oye hablar de un talibán le entra miedo, igual que si fuera un vampiro o un monstruo.
-Es un sistema perverso y demencial; prohibieron la música, prohibieron cantar...
-Nos prohibieron todo y si oían barullo y risas en una casa, irrumpían por si estabas cantando o viendo la televisión, y rompían los televisores. A veces se limitaban a amonestar a la gente, a veces la pegaban o la fusilaban o la masacraban. No nos dejaban ni jugar a las peluqueras con las muñecas.
-Ustedes terminaron viendo la televisión dentro de un armario. Era la apoteosis del absurdo,
El presidente Barack Obama, Michelle Obama y su hija Malia reciben a Malala Yousafzai en el Despacho Oval, el 11 de octubre. / PETE SOUZA (AFP)
-Sí, y con el volumen muy bajo, para que nadie más la oyera. Con tanto temor por todas partes la vida se hacía muy dura y pensábamos desesperadamente en nuestro futuro, en cómo íbamos a vivir con ese miedo, en lo peligrosa que era la situación…. Y aún así nos quedaba cierta esperanza en un rincón del corazón.
-Luego los talibanes empezaron a matar. Primero a los policías, asi que dejaron sus empleos y pusieron anuncios en los periódicos diciendo que ya no eran policías, para que no les asesinaran…. Después asesinaron a los músicos, y los músicos también pusieron anuncios diciendo que habían dejado el pecado de la música y que ya eran fervientes creyentes…. Eso de los anuncios me impresionó. Su propio padre, cuando le amenazaron, puso un anuncio que decía: “Matadme a mí pero no hagáis daño a los niños de mi escuela, que rezan todos los días al mismo Dios en el que vosotros creeis”.
-Sí, y luego estaba la radio de los talibanes, predicaban como dos veces al día. Y daban mensajes diciendo: “Felicitamos a Fulano, que se ha dejado crecer la barba y por eso va a entrar en el paraíso; felicitamos a Zutano, que ha cerrado su tienda de video y se ha arrepentido; nos congratulamos de que la niña Tal y Cual ha dejado de ir a la escuela”... Y a las niñas que íbamos a clase nos insultaban todos los días de forma muy fea y nos decían que iríamos al infierno.
-En los últimos años ustedes estaban convencidos de que su padre, Ziauddin, iba a ser asesinado. E idearon todo tipo de estrategias para evitarlo… Sus hermanos pequeños querían construir un túnel…
-Sí, y también pensábamos esconder a mi padre en un armario. Mi madre dormía con un cuchillo debajo de la almohada, y también dejamos una escalera apoyada en el muro de atrás para que mi padre pudiera huir si venían a buscarle. Algún tiempo después se coló en nuestra casa un ladrón gracias a esa escalera y nos robó la tele.
-De hecho, --interviene el padre desde el otro lado de la mesa, -- nos alegró mucho que se llevara la tele, porque de haberse llevado la escalera nada más, habríamos tenido miedo de verdad.
-- ¡Cierto! De modo que era alguien que, como ustedes, ¡quería ver la televisión!
-¡Sí, sí! (Malala y Ziauddin ríen) ¡Gracias a Dios ha sido un ladrón!
-¿Cómo podían aguantar ese miedo todos los días?
Los talibanes, que tenían fusiles y explosivos, eran más débiles que la gente con lápices y libros
-En aquel entonces el miedo nos rodeaba. Fue todo tan duro. No sabíamos lo que el futuro nos deparaba, queríamos hablar pero no sabíamos que nuestras palabras nos conducirían al cambio, que nos escucharían en todo el mundo. No estábamos enterados del poder que encierra un lápiz, un libro. Sin embargo, se ha demostrado que los talibanes, que tenían fusiles y explosivos, eran más débiles que la gente con lápices y libros.
-En el libro cuenta que hace poco, en un centro comercial en Abu Dhabi, sintió un repetino ataque de terror. Un comprensible ataque de angustia. ¿Le ha vuelto a pasar?
-Sí, me ha pasado dos o tres veces. Cuando vi a la gente a mi alrededor en Abu Dhabi, a todos esos hombres alrededor, de pronto pensé que estaban al acecho, armados, que me iban a disparar. Y luego me dije, ¿y por qué te da miedo ahora? Ya le has visto la cara a la muerte, ya no debes tenerle miedo, se ve que ya ni la muerte quiere matarte; la muerte quiere que vivas y trabajes en pro de la educación. De manera que me dije, no tengas miedo, sigue adelante, que Dios y la gente te acompaña. Hay que morir alguna vez en la vida.
-Pero usted es demasiado joven…
-Demasiado joven, demasiado joven –repite dolorosamente el padre, como un coro griego.
-Hay otra cosa que me parece muy importante de usted, y es que es creyente. Una intelectual argelina me dijo hace años que la izquierda argelina había fracasado en su intento de modernizar el país porque se habían enajenado completamente de su pueblo y de su sociedad. Eran laicos, rupturistas, demasiado modernos, demasiado occidentalizados para ser aceptados por la mayoría. Usted, en cambio, sigue perfectamente integrada en su cultura y en su religión.
Clamo por los derechos de las niñas en nombre del mismo Dios de los talibanes
-Amo a Dios porque me ha protegido, y creo que me va a preguntar el día del juicio, “Malala, veías el sufrimiento de la gente en Swat, veías cómo sufrían las niñas, que masacraban a las mujeres, que asesinaban a tantos policías. ¿Qué has hecho tú para defender sus derechos?” Sentí que era mi deber clamar por los derechos de las niñas, por los míos, por el derecho de asistir a la escuela, y lo hago en nombre del Dios por el que los talibanes me tirotearon.
-Cuando tenía usted once años y estaba escribiendo el blog, The New York Times hizo un precioso documental de televisión sobre usted y su padre. Le diré que, cuando lo vi, pensé que su padre era como más idealista, más alocado, y que usted era la sensata de los dos. Vamos, usted me pareció la madre de su padre, y usted perdone, Ziauddin.
(Los dos se tronchan de risa)
-¿Me vió asi? En la sociedad pastún, si una chica es muy madura y empieza a hablar muy pronto de cosas de la familia, digamos a los once años, le dicen niyá o sea abuela.
-Pues no sé si será usted una niyá, pero desde luego tiene un gran sentido práctico. Las dos primeras cosas que dijo en el hospital de Birmingham, tras una semana de coma inducido, fue: “¿Dónde está mi padre?” y “No tenemos dinero para pagar todo esto”.
-Por entonces estaba todavía muy aturdida, muy confundida. Cuando un médico hablaba con una enfermera, creía que le estaba preguntando cómo íbamos a pagar el hospital, y pensaba que me iban a expulsar y que tendría que buscar un empleo.
-En ese mismo documental usted decía que su padre quería que fuera política, pero que usted quería ser doctora y que no le gustaba la política…. Ahora ha cambiado de opinión.
Malala Yousafzai, durante su visita a la sede de Naciones unidas el 12 de julio. / ANDREW BURTON (GETTY IMAGES)
-Amo a mi padre y él me inspira, lo cual no significa que siempre esté de acuerdo con él. Discrepo con él en muchas cosas, él cree que la política es buena y sirve para cambiar el mundo pero yo antes quería ser médico. Pero luego pasó el tiempo y fui dándome cuenta de que el Gobierno no estaba haciendo nada, que su deber elemental era conceder derechos básicos al pueblo, proporcionarles electricidad, gas, educación, buenos hospitales. Y entonces por eso de repente pensé que sí que quería ser política para conseguir un cambio grande en mi país. Para que un día Paquistán esté en paz, para que no haya guerra ni talibanes y todas las niñas vayan a la escuela. Y no sólo quiero ser política, sino líder también.
-Líder social.
-Sí, líder social, y guiar a la gente, porque el pueblo en Paquistán anda descaminado, están divididos en muchos grupos, y llega un líder y forma un grupo, llega otro y forma otro grupo distinto, pero nunca he visto a alguien que sepa unir a la gente. Quiero hacer que toda esa gente se una, quiero que Paquistán sea uno solo, quiero ver la igualdad entre todos y la justicia.
-¿Y cree que usted los puede unir?
-Para lograr ese objetivo tengo que conseguir poder, y el verdadero poder consiste en la educación y el conocimiento. Además nos hace falta un escudo, que es la unidad del pueblo. Cuando la gente me acompañe, cuando los padres de las niñas me acompañen, cuando estemos juntos, me apoyarán con su voz, con su acción, con su compasión. Cuando nos apoyemos los unos a los otros, cuando nos eduquemos, cuando logremos ese poder, podremos con todo. Y entonces volveré a Paquistán.
-En su libro dice que, a los trece o catorce años, veía los DVD de la serie norteamericana Betty la Fea “que era sobre una chica con una ortodoncia enorme y un corazón también enorme. Me encantó y soñaba con la posibilidad de ir algún día a Nueva York y trabajar en una revista como ella”. Me parece una afirmación conmovedora. ¡La revista de Betty la Fea es de moda! Esa añoranza por una vida normal y sin el peso sobrehumano que acarrea usted sobre los hombros…
-Me gustaba ver la serie, me gustaba pensar en otro mundo en donde el mayor problema era la moda, quien viste qué ropa, qué sandalias, qué color de lápiz de labios usa tal chica… Mientras por otro lado las mujeres se mueren de hambre, y los niños también, y azotan a las mujeres, y aparecen cuerpos decapitados…
-Pero, en cualquier caso, lo que indica este texto es que por ahí abajo hay ese anhelo comprensible de una existencia liviana y normal…
Malala me mira fijamente, se toma un par de segundos y luego dice que sí con la cabeza. Ni siquiera se atreve a verbalizar su añoranza de otra realidad. Es una niña atrapada entre las ruedas de una responsabilidad colosal. Imaginen la situación: una realidad de violencia y abuso insoportables, un padre heroico que señala el camino y una niña inteligentísima, evidentemente superdotada, consciente de su propia dignidad y con una gran capacidad de compasión. Todo se conjuró en la vida de Malala para encerrarla en su destino de Juana de Arco. Las balas de los talibanes la han catapultado a una visibilidad mundial y es posible que, cuando ustedes lean esta entrevista, le hayan concedido el Nobel de la Paz, que se hará público mientras esta revista esté en imprenta. Yo he firmado pidiendo el Nobel para ella, pero ahora casi me preocupa que se lo den: sería otro peso más, otra exigencia. Malala, enardecida por haber sobrevivido y todavía muy joven, pese a su madurez, tiene ensueños grandiosos para el futuro de su pueblo. Ensueños inocentes y difíciles de alcanzar pero que quizá ella logre poner en marcha, porque esta pizca de mujer es poderosa. Tanto el padre como la hija tienen algo limpio, el corazón en la boca, una luz que encandila. Pero la luz de Malala está llena de sombras, es una estrella oscura llena de dolor y de determinación. A los dieciséis años está dispuesta a sacrificar toda su vida por su proyecto.
-¿Se ha enamorado alguna vez? Me refiero a esos amores infantiles, de un actor, de un vecino mayor.
-(Risas) Me encantan los jugadores de cricket. Pero eso es sólo parte de la vida, cuando te encariñas con alguien, y tengo cariño a tanta gente. Hay un jugador que se llama Shahid Afridi, que siempre sale eliminado sin anotar, pero sin embargo todos le queremos mucho. Está también Roger Federer. Hay muchos, pero eso no significa que me case con ellos.
-¿Pero piensa casarse?
-¡Tal vez!
-Interesante, porque, en su parte del mundo, todas las líderes políticas tuvieron sin duda que casarse: Benazir, Indira… Es una buena respuesta.
-Es una respuesta diferente.
-Pues nada más. Muchas gracias, Malala.
-Gracias a usted por su amor y su apoyo.
Y al escuchar su primorosa contestación final me siento como el señor Obaidullah, su profesor de Química.

viernes, 6 de junio de 2014

Entrevista a Mamadou Dia hoy en Cambalache

"No le conté a mis amigos que subiría en ese cayuco, no quería que me convenciesen para quedarme"

El joven senegalés Mamadou Dia ha escrito 3052. Persiguiendo un sueño, un libro que trata de contar en primera persona la realidad sobre la inmigración hacia el "El Dorado europeo"
"Los organizadores de los viajes, a los que aquí llaman 'mafiosos', son de todo, excepto mafiosos"
"Cuando la Cruz Roja me ofreció una botella de agua tras 72 horas sin beber, firmé mi pacto con el voluntariado"
Mamadou Dia, autor del libro "3052. Persiguiendo un sueño".
Mamadou Dia: "A los que tienen familiares en España, los llevan con ellos pero, a los que no, los dejan en la calle. Eres como un objeto que no tiene nombre, sólo un número. El mío era el 41. 41 sube, 41 baja, 41 espera". / Sydelle Willow Smith
Raíces de pueblo, universitario en la capital. Su madre era quien le mantenía, al igual que a sus cuatro hermanos, todos con formación. Le esperaba un futuro sin perspectivas laborales. La promesa electoral de trabajo para todos no se estaba cumpliendo. Decidió emigrar. Dos de sus hermanos se subieron junto a él en aquel cayuco. Y aquí comenzó la odisea que ahora cuenta en su libro 3052. Persiguiendo un sueño.
Este es el inicio de la historia de Mamadou Dia. De esto hace siete años, cuando él tenía 22. Primero intentó conseguir un visado para buscarse un porvenir en Francia, pero se lo denegaron dos veces. Plan B, y única alternativa: tomar un cayuco, aunque la vida se le fuese en ello. Pasaría un tiempo en España y desde allí llegaría hasta Francia, donde terminaría sus estudios de Trabajo Social.
Este joven guardaba la esperanza de llegar a ese "Dorado europeo", como él dice, para terminar la carrera, evolucionar y enriquecerse personalmente viendo mundo y conseguir un potencial con el que regresar a Senegal. El Dorado, aquella mítica leyenda de una ciudad de oro.
Decidió enfrentarse al Atlántico. Tuvo suerte y sobrevivió. Su libro, 3052. Persiguiendo un sueño, se editó en 2012 y este año ha conseguido la reedición mediante una iniciativa de crowdfunding.
Mamadou no sólo cuenta cómo fueron aquellos ocho días en el océano, sino todo lo que vino después: ese encuentro con El Dorado cargado de decepciones; ese despertar en el que descubrió cuál es la realidad del inmigrante y la verdad occidental, más allá de la idea que se tiene en África, de las imágenes que llegan a través de los medios de comunicación y lo que narran sus compatriotas en su regreso a casa.
Su pueblo, Gandiol, ha perdido centenares de vidas en el mar rumbo a Europa. Por ellos y para ellos ha escrito también este libro: "Para sumar sus voces a la mía". 3052 es la distancia que hay entre Dakar y Murcia, donde estableció esta nueva etapa de su vida.
Este sueño por recorrer esa distancia le ha permitido fundar su propia ONG, 'Hahatay' son risas de Senegal, un proyecto de codesarrollo en su pueblo que pretende financiar con la venta de su libro. Aun así, sigue pensando en volver a sus raíces. Como otros muchos emigrantes españoles.
Su libro es una promesa.
Cuando decidí tomar un cayuco, no se lo pude contar a mis amigos. A mí me pesó mucho tomar esa decisión y si se lo contaba, me dirían que era peligroso, que me podría morir. No quería que nadie me dijese nada por si me convencían para quedarme. Sin embargo, no me sentía bien yéndome sin decir nada. Entonces escribí una carta de despedida a mis amigos diciéndoles que era muy cabezón y que había tomado la decisión de irme y que, si con suerte llegaba a cruzar el Atlántico, escribiría la historia sobre mi viaje.
Después se sumaron otras razones por las que me sentí obligado a escribir esta historia. La realidad de la inmigración no se suele contar. A la gente que emigra le da cosa contar lo mal que lo han pasado, también por orgullo. Yo decidí contarlo porque al llegar aquí me llevé una sorpresa. No esperaba vivir tan mal, sabía que había mucha gente que quería venir y pensé: al menos voy a escribir mi historia para que la lean y sepan qué es lo que les espera.
¿Cuál era su situación cuando decidió embarcar en aquel cayuco?
Una situación malísima. Estaba estudiando en Dakar y mi madre me mantenía. Se pasaba todo el día trabajando, desde la madrugada. Mis hermanos tampoco trabajaban aun estando formados. Una situación de precariedad. Había mucha población juvenil parada. Yo no quería tener estudios y estar en Senegal dando vueltas…
Desde 2004 empecé a pedir el visado para irme a Francia y me lo denegaron dos veces. No entiendo por qué, ya que cumplía todos los requisitos. Curiosamente, en la Embajada de Francia en Dakar hay un cartel que indica que, aunque cumplas todos los requisitos para que te concedan el visado, eso no significa que te lo vayan a dar.
Te lo deniegan por la pura injusticia que siempre ha habido entre África y Europa en desigualdad de oportunidades y violación de derechos humanos. No hay otra explicación. Por eso decidí embarcarme en este camino para poder ayudar a mi madre y liberarla de carga. Era duro tener tantos años y ver que mi madre se dejaba la piel por nosotros. Justo antes de marcharme, conseguí un trabajo, pero no me permitía mantenerme ni ayudar a mi familia.
¿Alguna vez le habían hablado de estos viajes?
No sabía lo que era un viaje en cayuco, aunque sabía que estaba más cerca de la muerte que de la vida. Tampoco hace falta tener muchos detalles cuando sabes que vas a viajar en una barcaza: enfrentándote al Atlántico durante tantos kilómetros sabiendo que te puedes quedar en el camino. A Senegal llega poca información. Quizá que algún cayuco naufraga, pero no tanto como aquí y de la manera que llega aquí.
Aun así, "El Dorado europeo" seguía siendo una llamada.
Efectivamente. Nosotros vemos a Europa como El Dorado por tres razones. No estudiamos con nuestro idioma de nacimiento, sino en francés; estudiamos la programación francesa; estudiamos más la literatura francesa que la africana; estudiamos la vegetación francesa; vemos la televisión francesa; en la radio y la televisión se habla en francés... Todo lo que viene de la televisión y de Europa es producto de desarrollo y bienestar… Son muchas razones que te hacen pensar en este Dorado y que hacen que la gente tenga ganas de vivir en él y saber cómo es.
Cuando llegas, te das cuenta de la realidad. Al poco de llegar, un amigo me llevó al paseo marítimo de Benicasim. Me iba a presentar a otros senegaleses, y yo pensaba que iban a estar trabajando en algún sitio, y cuando llegamos me dijo: "Aquí es donde trabaja la gente". Había muchísimos inmigrantes con sus mantas. "¿Cómo?", le dije"Sí, aquí es donde la gente se gana la vida", contestó.
Me sorprendió. Soy una persona muy orgullosa y no quería tener que salir corriendo detrás de la policía ni que nadie me persiguiese. Y dije que no iba a hacer eso.
Al principio fue duro. A los senegaleses les sentó mal que no quisiera seguir el camino al que parecía predestinado. Fui juzgado: me decían que no quería ayudar a mi familia, que ellos se dejaban la piel para ayudar a las suyas. Yo quería ayudar a mi familia, pero de otra manera; primero, integrándome en la sociedad.
Luego, esos mismos inmigrantes que venden en la calle son los que vuelven a Senegal trajeados y con su móvil de última generación. Y eso empuja a la juventud a dejar todo lo que quieren y montarse en un cayuco. Fue tan decepcionante lo que vi cuando llegué que pensé que no podía hacer lo mismo.
¿Cómo fue aquel viaje?
Fue muy largo. Duró ocho días. Viajamos 84 personas, de las cuales sólo seis tenían experiencia marítima. El mar tiene su propia idioma y, al no poder controlarlo, además de todos los momentos malos, lo convirtió en un viaje desesperanzador. Al quinto día, nos quedamos sin gasolina y sin agua.
Cuando amanecimos, nos dimos cuenta de que un hermano se había tirado al mar para acabar con su angustia. Ya sólo nos quedó dejarnos llevar por el viento mientras esperábamos el momento de nuestra muerte. 72 horas después llegó el buque marítimo de salvamento que nos rescató.
¿Cuál es el procedimiento a seguir para conseguir una plaza en un cayuco?
Primero, encontrar un cayuco y un organizador de viaje, a los que aquí llaman "mafiosos" y son de todo, excepto mafiosos. Mafiosos son los Gobiernos que firmaron los contratos para limpiar el fondo marítimo senegalés. Y que trajo como consecuencia que los pescadores senegaleses ya no pudiesen pescar en su propio fondo marítimo y, cuando surgió la oportunidad de marcharse a Europa en cayuco, aprovecharan para en lugar de ir a pescar, porque no había peces, hacer negocio con sus barcas.
Luego hay que pagar entre 1.000 y 3.000 euros por una plaza. La gente reúne y vende todo lo que tiene para financiar el viaje a su familiar. Es una inversión para que luego salven a la familia. En nuestro caso, fue diferente. Como no teníamos nada, mis hermanos y yo buscamos gente para que se llenasen los cayucos a cambio de tres plazas gratis para nosotros.
¿No es un precio excesivo?
Sí, muy excesivo, pero piden ese dinero porque una barca de estas características puede llegar a costar 13.000 euros y, al no saber cuándo se recuperará el fondo marítimo, organizan viajes para conseguir el dinero invertido y tener ingresos futuros. Todos los organizadores de viajes son pescadores. El cayuco nunca vuelve. Algunos viajan de este modo esperando un futuro mejor en Europa y otros se quedan.
¿Qué decía su familia?
Mi madre lo sabía. El sueño de toda familia que vive en la precariedad es que los hijos vayan al extranjero para que tengan un futuro mejor y puedan ayudar a la economía familiar. En mi casa también lo soñaban, aunque no deseaban un viaje en cayuco. Aun así, mi familia es de tradición pesquera y no tenían tanto miedo al mar.
Los dos hermanos con los que viajé formaban parte del grupo con experiencia marítima. Mi madre temía más el después, cuando llegase a Europa, que el propio viaje: dónde dormiríamos, qué comeríamos, con quién nos relacionaríamos…
¿Cómo llegaron a La Gomera?
Nos rescató un buque marítimo y en tierra nos atendió la Cruz Roja. Llegamos medio muertos. Y, desde entonces, firmé mi pacto de ser voluntario toda mi vida por aquella botella de agua que me ofreció una chica de la Cruz Roja después de llevar 72 horas sin beber.
Después de La Gomera, comienza otra prueba.
De La Gomera nos llevaron a Tenerife, donde estuvimos en un campo militar durante dos semanas en unas condiciones precarias. Hacía muchísimo frío, no teníamos con qué arroparnos, tuvimos que tomar comida a la que no estábamos acostumbrados.
Allí había muchos inmigrantes, no sólo nuestro grupo. Estuvimos el tiempo que consideraron oportuno y nosotros no sabíamos qué iba a pasar. Mi grupo fue dividido en dos: una parte se fue de vuelta a Senegal por motivos que desconozco y la otra fue repartida por España. Al principio sí nos atendieron mediadores sociales, pero sólo para saber cuál era nuestra procedencia.
Después estuvimos en manos de la policía. A mí me llevaron a Castellón sin decirme nada, a un hostal, donde por suerte conocí a un chico nigeriano que me presentó a un senegalés que me acogió en su casa. A mis hermanos los llevaron a Madrid y Barcelona.
A los que tienen familiares en España, los llevan con ellos pero, a los que no, los dejan en la calle. Eres como un objeto que no tiene nombre, sólo un número. El mío era el 41. 41 sube, 41 baja, 41 espera.
En Castellón, estudiaba español a través de la Cruz Roja, y el chico que me acogió fue el que me llevó al puerto de Benicasim. Después conocí a otro chico de Senegal que vivía en Cartagena y al no querer entrar en el mercado que había visto en el puerto, me fui con él.
Allí empecé a intentar integrarme con los españoles y a hacer un voluntariado en la Cruz Roja juvenil. Llegué a formar parte de los equipos de emergencia y en un año comencé a rescatar a inmigrantes que llegaban a la costa. También comencé a trabajar como cocinero y a regularizar mis papeles, que tardé cuatro años en conseguirlos.
¿Esa realidad se correspondía con "El Dorado europeo" soñado?
No. No tenía nada que ver con lo que me había planteado. Me encontré con una sociedad muy individualista, con muchos prejuicios, una sociedad intelectual con unas pautas marcadas por las clases sociales. Imagina lo que te puede costar entrar en una sociedad así… Pero empezó a pasar el tiempo y vi cómo conseguirlo.
Se ha retirado la tarjeta sanitaria a los inmigrantes que no han regulado sus papeles, la petición de documentación a ciudadanos extranjeros es continuada, se están denunciando las condiciones de los CIES… ¿Ahora es más o menos difícil la situación en España para los que llegan?
Ahora es mucho más complicado. Sin política social, un inmigrante no puede vivir en un país. Y aquí no hay política social para los inmigrantes, no la hay ni para los españoles... Los políticos, en lugar de asumir que han fallado en esa política, transmiten la idea de que los que llegan quitan lo que se tiene aquí…
Ya lleva siete años en España, ¿cuál es su situación y la de sus hermanos?
Trabajo para mi ONG, que fundé en 2012, y a través de mi libro intento darle promoción. También tengo trabajos temporales que no me quitan tiempo para poder dedicarme a la organización: es lo que me da la vida. Mis dos hermanos están trabajando. El que vive en Barcelona está acogido en casa de una familia española y el de Madrid trabaja en un restaurante chino.
¿Mereció la pena tomar aquel cayuco?
Mucha gente me lo pregunta. Yo creo que realmente no valió la pena. Aunque también pienso que, si no hubiese hecho este viaje, no me habría dado cuenta de la realidad que me rodea ahora.
Su promesa de escribir un libro se hizo realidad, ¿cómo lo consiguió?
Estaba trabajando en la Fundación Cepaim como Técnico de Acción Comunitaria, le presenté el proyecto del libro al director de la fundación y me ayudaron a editarlo. Fue un lanzamiento de 3.000 ejemplares que se difundió sobre todo entre universidades e institutos.
Ellos también me ayudaron a establecer el proyecto de desarrollo en mi pueblo. Cuando llegué a Barcelona, hace cinco meses, me planteé la reedición del libro a través de la plataformaVerkami. Ahora se han publicado 1.500 ejemplares al precio de 10 euros y el 1% de los beneficios se destinarán a la granja que hemos desarrollado en mi pueblo para que la gente produzca alimentos, los venda y con el dinero obtenido inviertan en educación para los niños.
¿Es este un libro para convencer a aquellos que tengan planeado subirse a una patera para que no lo hagan?
Claro. Este libro tiene muchos fines. Uno de ellos es que la gente se dé cuenta de la realidad de la inmigración clandestina y lo que hay detrás. También aclarar la vida europea en África, que la gente sepa lo que hay aquí, que no todos son ricos, que aquí tienen su propia pobreza. Y que los africanos crean en el propio desarrollo de África.
¿Tiene proyectado publicar el libro en Senegal?
Sí, es uno de los objetivos principales, y traducirlo al francés. Mi gente de Senegal aún no ha podido leer el libro, pero se lo he contado y he dado charlas en universidades de Dakar sobre la realidad de la inmigración.
¿Cuál es su plan de futuro?
Buscar financiación para mis proyectos de la ONG y dentro de poco volver a Senegal, tal y como había ideado cuando me marché de allí. Conseguir un potencial y regresar. De esta experiencia estoy agradecido por haber encontrado un camino con el que me puedo dedicar al mundo humanitario y buscar un futuro mejor para mi pueblo.
¿Su madre qué le dice ahora?
Ella siempre ha confiado en mí. Es un pilar muy importante en mi vida. Y ahora, cuando le cuento mis planes, siempre me dice: “Ya verás lo bien que te va a salir”.
¿Cree que el hecho de que muchos españoles busquen ahora su porvenir en el extranjero hará entender mejor la llegada de inmigrantes a España?
Sí. Si tú estás afectado por una situación que es la misma que la mía, nos entenderemos mejor. Al principio fue difícil porque nos ponían como causa de la crisis y nos quitaron la tarjeta sanitaria, entre otras cosas. Pero la gente, después de tanta mentira, se ha dado cuenta de que esto no tiene que ver con la inmigración. Esto ha sido producto de un mal Gobierno, de un crecimiento que nos han vendido y que no puede seguir creciendo.

viernes, 24 de enero de 2014

Entrevista a la mujer que vivió dos años en un árbol

Entrevista a Julia Butterfly Hill, activista ecologista que vivió dos años sobre un árbol.

 Tengo 27 años. Nací en Missouri estudié en casa hasta los 12 años.
Soy licenciada en Empresariales y me doctoré en Humanidades subida al árbol donde viví de los 23 a los 25 años.
Dirijo mi fundación, Cicle of Life. Soy muy espiritual. Publico "El legado de Luna (RBA), cuyos beneficios son para proteger el medio ambiente

 ¿Por qué se subió a un árbol?
-Hoy sé que he resistido dos años en un árbol porque mis padres me inculcaron que todos estamos llamados a hacer algo.
-Entonces cuénteme su infancia.
-Mi padre era un predicador itinerante y sus tres hijos llamábamos casa a una caravana. Éramos muy pobres. A los 22 años un accidente de coche me dañó el cerebro y estuve un año haciendo terapia intensiva.
-¿ Y eso la cambió?
-Sí, el tiempo se volvió precioso. En cuanto me dieron el alta me fui de viaje y descubrí el parque nacional de Grizzly Creek, en California, y sus secuoyas gigantes.
-¿Qué ocurrió allí?
-Me adentré en el bosque y por primera vez experimenté lo que significa de verdad estar vivo. Entendí que yo formaba parte de aquello. Poco después supe que la Pacific
Lumber Maxxam Corporation estaba talando esos bosques y mi confusión fue total.
-¿ y qué hizo?
-Rezar, pedir orientación sobre lo que debía hacer y lo tuve claro. Contacté con la asociación Earth Firs, que hace sentadas en los árboles para impedir su tala. Así llegue a "Luna", una secuoya milenaria de 60 metros.
-Que se convirtió en su hogar …
-Sí, aunque la idea era estar sólo dos semanas, nadie llegó a sustituirme y después de haber visto desde la copa de "Luna" la destrucción de aquel bosque ya no pude bajar.
-¿Cómo era su vida allí arriba?
-Vivía en una plataforma mínima cubierta por una lona. Tenía un pequeño hornillo, un cubo con una bolsa hermética para hacer mis necesidades y una esponja con la que recogía el agua de lluvia o nieve para lavarme.
-Duro.
-Para consolarme pensaba en las familias de Stanford que a causa de la tala del bosque se inundaron y se quedaron sin casa.
-Allí arriba supo lo que es el miedo.
-Sí, la Pacific Lumber comenzó a talar árboles a mi alrededor. Aparecieron helicópteros, quemaron los bosques durante seis días, el humo destrozó mis ojos y mi garganta, y me llené de ampollas. Luego montaron guardias día y noche para que no me pudieran suministrar comida. Acabe amargada, chillando, dando golpes, al borde de la locura.
-¿Y?
-Sabía que aquella furia me destruiría. Así que recé medité. Debía hallar dentro de mí el sentimiento de amor incondicional, inclusive hacia aquellos que querían destruir.
-¿Lo consiguió?
-Intenté establecer con el presidente de la compañía y con los leñadores una relación
Personal y les baje una foto mia para que vieran que no era una troglo.dita peluda.
-¿Y qué pasó?
-"¿De verdad eres así?… Entonces, ¿qué estas haciendo en un árbol?" Aquella conversación rompió algunas barreras ydejaron de insultarme. Pero con el tiempo hasta Herat Firs se me puso en contra: no había pedido permiso a nadie para quedarme en “Luna".
-¿Y qué ocurrió cuando llegó el invierno?
-Aguanieve, granizo, viento huracanado síntomas de congelación. Las tormentas eran tan estruendosas y tenía tanto frío que no conseguía dormir y empecé a derrumbarme.
Sabía que iba a morir si continuaba allí.
-Pero no bajó.
-Estuve a punto, estaba desquiciada Pero entonces me pareció oír la voz de "’Luna” que me decía: "Julia, piensa en los árboles bajo la tormenta; jamás permanecen rígidos, se dejan mecer por el viento. Déjate llevar y sobrevivirás". Dejé que el viento me arrastrara
por la plataforma, que todo a mi alrededor se desgarrara. Relajé mis músculos, lloré y
grité: "¡Llévate mi vida si quieres!".
-¿Ya nada le importaba?
-Cuando cesó la tormenta me di cuenta de que al desprenderme de todo apego, incluido el apego a mí misma, nadie tenía ya poder sobre mí. No iba a volver a vivir con miedo.
-Toda una transformación.
-La transformación sólo se produce cuando podemos encarar nuestros apegos y nuestros miedos. Hay que quedarse quieto y escuchar, mirar hacia la oscuridad interior.
-y pasó un año …
-y aprendí a conocer a "Luna", iba sin arnés y descalza; me movía por el árbol con soltura. Conocía cada insecto y cada rincón.
-¿Cuál fue el momento más mágico?
-Al alcanzar la cima de “Luna” me puse de pie y estiré los brazos hacia el cielo. La fuerza del árbol me atravesaba. Estaba en un equilibrio perfecto, era una con la creación.
-¿Y cuándo apareció la prensa?
-A los seis meses de mi sentada me convertí en un personaje público: Venían a hacerme
entrevistas al árbol y me visitaron todo tipo de celebridades. Era abrumador.
-¿Y qué hizo?
-Ayunar y rezar. Cuando uno purifica su cuerpo también limpia su mente. Dio resultado.  Apareció un activista forestal que me ayudó a organizar la oficina de prensa. El árbol se llenó de tecnología y llegué hasta a hablar en directo con el Senado.
-¿El universo siempre le envía lo que pide?
-No siempre nos envía lo que queremos, pero si lo que necesitamos, y a veces algo más para que vayamos haciéndonos fuertes.
-Resistió negociaciones muy duras.
-Procuré comportarme sin apego a lo que estaba llevando a cabo; si no, los vaivenes de las emociones me habrían agotado.
-Cuéntenos el gran secreto …
-Aprendí de primera mano que todo está interconectado, desde los organismos del suelo que llevan los nutrientes a "Luna" hasta las estrellas a millones de años luz, y todo lo que hay entre ambos extremos.

NUEVA VIDA
El 80 por ciento  de los bosques han desaparecido. Me cuenta Julia que las secuoyas, después de ser taladas, siguen sin rendirse. Si no las han rociado con herbicidas o NAPALM -prácticas habituales-, brota de ellas nueva vida. Las secuoyas han sido su símbolo  y su guía. Julia trepó a la copa de una de ellas, “Luna",y permaneció dos años para detener la deforestación de esos bosques. Allí arriba nada fue sencillo: sufrió los azotes del Niño, frío y tormentas de viento y nieve que estrozaron su ínfima estructura y casi acaban con ella. También padeció el acoso de helicópteros y el control de guardas de seguridad que impedían que  le llegasen víveres. "Ya bajará”, decían, pero tuvieron quepactar. Julia se hizo  a sí misma en ese árbol y sabe transmitirlo  en su libro.