Los refugiados intentan ingresar a Grecia cruzando el río Evros, el 1 de marzo.Osman Orsal (GETTY Images)
Tres
jóvenes afganos marchan por un camino de tierra entre los campos de
Ipsala, a pocos kilómetros de la desembocadura del río Evros, que separa
Turquía de Grecia. Un perro callejero los acompaña, no se sabe si para
buscar compañía o porque siente pena de ellos. Caminan cabizbajos,
humillados, desorientados. Habían llegado aquí pensando que tendrían vía
libre hacia Europa —como había proclamado el Gobierno turco—, pero se
han dado de bruces contra el muro de la represión griega.
“He
perdido a mi familia, no sé donde está, no sé si está en Grecia o en
Turquía”, lamenta Ahmad, el mayor. La noche del sábado al domingo
cruzaron a territorio griego. Los tres señalan en la lejanía el punto de
paso, entre los chopos que marcan el cauce del río Evros. Es una zona
fuertemente militarizada por el Ejército turco, pero, dice Ahmad, nadie
los detuvo al cruzar. “Los soldados turcos nos mostraban por dónde ir.
Pasamos unas 2.000 personas”, dice.
Una vez en Grecia, la
policía griega les descubrió y, entonces, “cada cual comenzó a correr
hacia un lado diferente”. En la confusión del tumulto, la hermana y el
hermano de Ahmad se perdieron. Luego, él fue detenido. “Nos pegaban con
varas de hierro, nos trataron muy mal, no nos dieron agua ni comida
durante más de 24 horas”, añade el más joven del grupo. Los tres fueron
arrojados a un calabozo y, este lunes, retornados a territorio turco. No
sin antes ser despojados de su dinero, sus teléfonos móviles y sus
mochilas. “Nos han quitado hasta los cinturones”, se queja Ahmad, y en
verdad los tres caminan sujetándose los pantalones con las manos.
“Volvemos a Estambul. Lo he perdido todo, incluso a mis hermanos. No
quiero pasar a Grecia, en mi vida he visto personas peores que los
griegos”. Lo dice él, que huye de la guerra y los talibanes.
Además de suspender la tramitación de las demandas de asilo durante un mes,
la represión sin contemplaciones y el robo de las pertenencias de los
refugiados —hay testimonios similares de numerosos refugiados en
diversos puntos de la frontera— parecen responder a una política
sistemática para disuadir a quienes quieren pasar al otro lado.
Y
en algunos casos lo están consiguiendo. En el pueblo de Yeni Karpuzlu, a
seis kilómetros de la frontera, se ha habilitado el salón de bodas
municipal para cerca de un millar de refugiados de diversas
nacionalidades: afganos, sirios, somalíes. Pese a que los ventiladores
funcionan a toda potencia, el olor es infecto. Son gente que lleva días a
la intemperie y se amontona en corrillos. Hay personas enfermas que
dormitan en el suelo entre mantas, y bebés que gimotean mientras sus
madres les cambian los pañales. Algunos llevan mascarillas de papel que
de poco sirven. Otros se las han quitado.
Cambio de actitud
Casi
todos ellos han pasado por Grecia y han sido devueltos, sin nada. Otro
afgano se queja de que no encuentra a su hermano, de 15 años: “Esta
mañana lo perdimos de vista, no sé si se subió a algún autobús ni adónde
lo llevaron. Y como los griegos nos quitaron los teléfonos no tengo
manera de localizarlo. Se lo he dicho a un gendarme pero me ha
respondido: ‘Y a mí qué me importa”.
Los gendarmes están
nerviosos. De vez en cuando pasa un autobús y gritan: “¡A Estambul!
¿Quién quiere ir a Estambul? Son 80 liras”. Esto podría suponer un
cierto cambio de actitud pues hasta ahora, muchos refugiados han
asegurado que cuando trataban de regresar a Estambul o a otras ciudades
de Turquía en las que residían, la policía turca detenía sus vehículos y los obligaba a volver a la frontera.
En
Yeni Karpuzlu, finalmente, se agolpan varios grupos y al final salen
dos autobuses con un centenar de personas a bordo. Un gendarme
malhumorado saca una porra extensible y comienza a blandirla para que el
resto se meta dentro del edificio. Estos son los que siguen confiando
en llegar a territorio europeo. “Dicen que nos llevarán a Grecia”,
explica uno. A Grecia propiamente no, pero sí que, en furgonetas (de
empresas privadas que nadie dice quién financia), les desplazarán a
lugares cercanos a la frontera para que intenten cruzarla de manera
irregular.
Porque los hay que todavía confían en llegar a
Grecia. A la estación de autobuses de la ciudad fronteriza de Edirne
continúan llegando migrantes. Muchos pasan la noche en un edificio
abandonado junto a la estación, otros en parterres o en descampados
cercanos. “Anoche hacía muchísimo frío, creía que moríamos”, explica
Merve, una iraquí de 14 años, junto a su madre, Aliya, enferma del
corazón, y otros parientes. Se quejan de que los turcos se aprovechan de
ellos vendiéndoles el té, los alimentos o el viaje en taxi hasta la
frontera misma al doble o al triple de su precio habitual.
Pero,
pese a todas las dificultades, arguyen que lo han dejado todo atrás y
que seguirán esperando. “Lo único que queremos es que se abra la
frontera —dice Aliya—. En nuestro grupo hay niños muy pequeños, no
podemos arriesgarnos a pasar por mar o por el río. Lo que queremos es
pasar por la puerta, como seres humanos”.
Ovil, Bangladesh: perseguida por ser transexual y atrapada en Lesbos
“Todo
el rato sentía que no era humano”, así comienza el relato de Ovil, una
joven transexual de 22 años. Toda su vida ha sabido que es una mujer, y
toda su vida ha tenido que huir de la discriminación y la persecución.
Desde Bangladesh donde nació, hasta Lesbos (Grecia) donde se encuentra
ahora atrapado y sin protección adecuada.
Ovil relata que fue violada con tan solo 15 años por
sus compañeros de clase, y después recibió la amenaza de que si
denunciaba a sus agresores publicarían el vídeo en YouTube . Pero para
la familia de Ovil, se merecía todo lo que le pasaba por ser transexual.
“Nací así, no es mi culpa”, se justifica en la entrevista.
Tras un intento de suicidio, Ovil encontró refugio en internet, donde
conoció a su actual pareja, Osman, un joven de Pakistán que también
veía su vida amenazada debido a su homosexualidad. Sin conocerse
físicamente, decidieron huir hacia Europa “donde nadie nos mataría”. Tanto en Pakistán como en Bangladesh las personas LGTB pueden ser condenadas a pena de muerte o a cadena perpetua, respectivamente.
Tras un periodo en Turquía, donde fue secuestrada por una mafia,
pudo reunirse con Osman en el campamento de Moria, en la isla griega de
Lesbos. “No fui capaz de hablar. Nos tocamos las manos y nos pusimos a
llorar”.
Pero pese a la felicidad de haberse encontrado, se siguieron sintiendo discriminados.
Tras otra agresión, Ovil tuvo otro intento de suicidio. La plataforma
de personas LGTB de Lesbos a la que pertenece Ovil denuncia la “falta de protección específica y apoyo psicológico” para este colectivo.
[SIGUE LEYENDO DESPUÉS DEL VÍDEO]
Pese al temor de recibir insultos o nuevas agresiones, Ovil ha
decidido salir a la calle con ropa de mujer, y junto a su pareja. “Me gustaría ir a España, porque he escuchado que respetan a las personas LGTB”. Pero ahora mismo se encuentran atrapadas en Lesbos. Al proceder de Bangladesh, Ovil no puede solicitar participar en el proceso de reubicación y la solicitud de asilo de Osman en Grecia ha sido rechazada, y ahora está pendiente de apelación.
Ovil lleva toda la vida huyendo de la persecución pero ahora su camino se ha interrumpido en una isla griega debido al “muro de mentiras” que ha construido Europa para no dar acogida a personas como ella.
"Al principio nadie pensaba que la guerra iba a durar tanto, que el mundo no lo iba a permitir, que iba a hacer algo para pararla", explica a El HuffPost
Ahmed, un refugiado sirio de 24 años residente en España. "Ahora he
visto que nadie ha hecho nada, y estoy convencido de que la guerra va a
durar aún más". Como él, centenares de miles de sirios huyeron de la
contienda que este 15 de marzo cumple siete años y que ha arrasado su
país. Los pocos que han llegado a España encuentran complicaciones para
integrarse debido a la falta de apoyo para aprender el idioma, las
dificultades para homologar sus títulos profesionales y para encontrar
trabajo.
España se comprometió en 2015 a acoger a más de 17.000 refugiados
forzados a huir por las guerras en Oriente Medio, pero a día de hoy no
ha recibido ni una décima parte de esta cifra. Ahmed es uno de ellos. Es
kurdo y vivía en el norte de Siria con su familia, cerca de Alepo, una
zona que fue tomada por el Estado Islámico y que actualmente está bajo
el control de las fuerzas del régimen. En diciembre de 2014 su madre le
pidió que se fuera, ya que por su edad distintas facciones trataban de
reclutarle para engrosar sus filas como carne de cañón. Tras un largo
periplo que le llevó a recorrer el Norte de África, llegó a España a través de la frontera de Melilla.
Ocho meses después, Ahmed consiguió que le concedieran el asilo. Durante todo este tiempo ha sido apoyado por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, CEAR,
y actualmente trabaja como conserje en un centro de acogida gestionado
por esta ONG. Se considera afortunado por tener un empleo, ya que la
mayoría de refugiados sirios tienen dificultades para conseguir uno.
Algunas de las causas de esta dificultad para entrar en el mercado
laboral han sido analizadas recientemente por el Servicio Jesuita de
Atención a Migrantes publicó en febrero un informe que en su título
planteaba una interrogante: ¿Acoger sin integrar?Este
trabajo analiza las características del sistema de acogida español y
las condiciones que se dan para la integración real de las personas
solicitantes y beneficiarias de protección internacional.
El informe destaca que los solicitantes de protección se ven forzados
a cambiar a menudo de vivienda y que normalmente residen en pisos o
habitaciones compartidas. Además, los recursos que tienen a su
disposición son básicos, "casi de supervivencia", y con el paso del
tiempo "su estatus socio-laboral desciende debido a que hay serias
fallas en la homologación de estudios y títulos formativos", por lo que
si logran trabajo, este suele estar por debajo de su cualificación. REFUGIADOS QUE SE MARCHAN
Aunque las conclusiones de esta investigación hacen referencia a la
totalidad de las personas que han solicitado asilo en España, los sirios
no están exentos de estos problemas, que además se ven agravados por la barrera del idioma.
Al entrar en el sistema de acogida los solicitantes de asilo que tras
seis meses logran ser reconocidos como refugiados pasan por una fase de acogida temporal, otra de autonomía y una última de integración.
En estas etapas, que se prolongan por cerca de año y medio, reciben
ayudas para mantenerse y alojamiento, pero cuando estas acaban, muchos
se ven solos y sin ningún tipo de recurso.
"En un año y tres o cuatro meses, aproximadamente, si no estás listo
te vas a quedar en la calle", explica Ahmed que recuerda la historia de
una familia siria con la que coincidió en el centro de acogida cuando
llegó a España: padre, madre y tres hijos menores. Cuando se les
acabaron las ayudas vieron que no podían salir adelante y decidieron
irse de España. "Ahora están en Alemania", explica Ahmed.
Los refugiados sirios que conoce se quejan de que en otros países
europeos son más los medios y recursos destinados a su integración,
tanto en ayudas económicas como en aprendizaje del idioma. "También hay
jóvenes que no han podido encontrar un trabajo en España y que han
decidido marcharse a países árabes como Argelia", comenta. LA BARRERA DEL IDIOMA
Desde que logró trabajar, Ahmed se costeó de su bolsillo cursos de
español que le han permitido hablar un español fluido, pero muchos de
los compatriotas que están en su situación en España no han logrado
aprender bien el idioma porque tan solo han recibido cursos básicos.
Reconoce que hay un esfuerzo por parte de la Administración, ONG y
ayuntamientos para ofrecer cursos de lengua española, pero señala que se
trata de un idioma difícil para los sirios y que con esa formación solo
se puede alcanzar un "nivel básico" e "insuficiente".
Ahmed está preparando el examen para sacarse el nivel C1 de español,
lo que le permitirá estudiar en la universidad. Le gustaría cursar
Derecho, pero cree que se decantará por Informática porque la considera
una carrera que es "más fácil de llevar" en el futuro, cuando vuelva a
Siria. Porque, a pesar de no atisbar el final de la guerra que ha
destrozado su país, sueña con poder volver algún día.
Los refugiados de Birmania buscan una solución que no llega por parte de ningún gobierno
Caballas se ha interesado por las reclamaciones de los ciudadanos asiáticos en huelga de hambre en la Plaza de los Reyes, migrantes procedentes de Pakistán, Sri Lanka, Bangladesh y Birmania.
Esta
misma tarde, Caballas se interesado por las reclamaciones de los
asiáticos en huelga de hambre en la Plaza de los Reyes. Migrantes
procedentes de Pakistán, Sri Lanka, Bangladesh y Burma. Hemos podido
constatar que llevan en algunos casos 10 meses a la espera de una
respuesta por parte de la administración, cuando a otros migrantes se
les está dando salida a la península llevando menos tiempo en el CETI.
Especialmente
grave es el caso de las personas procedentes de Burma, personas que
huye del exterminio y la limpieza étnica. Estos casos han sido
reconocidos por Naciones Unidas y Aministia Internacional, y deben gozar
del maximo amparo y protección jurídica y no condenarlos al abandono.
Huyen de la guerra
Este
grupo de ciudadanos han declarado al Faro de Ceuta que llevan esperando
una respuesta de ambos gobiernos durante más de siete meses y que su
situación se está convirtiendo en una pesadilla debido a la falta de
soluciones.
Huyeron de la guerra y se encuentran en
Ceuta debido a la falta de permisos para poder trasladarse a la
península y, por lo tanto, a otros países de la Unión Europea.
Su
situación les obliga a permanecer en Ceuta sin apenas esperanzas de
continuar su travesía. Dos de los ciudadanos de Birmania han explicado a
este medio sus largos trayectos desde tierras asiáticas hasta España:
“Estuvimos ahorrando dinero en Marruecos para entrar a España”.
Reconocido
por las Naciones Unidas y Amnistía Internacional, Birmania vive una
grave crisis humanitaria debido a los problemas étnicos que se está
viviendo el país. Esto obliga a sus ciudadanos a huir a otros países
como Bangladesh o India.
Mañana viernes día 26 de enero a partir de las 19:30 h en
el cine Felgueroso (Sama) proyectaremos el documental "Los sueños de
Idomeni"
Campo de refugiados entre la frontera Grecia -. Macedonia
Una vez finalizado el documental, contaremos con la presencia de la directora Amparo Climet.
“Ser mujer y refugiada es tener una doble condición de víctima”
Esma Kucukalic llegó a España en 1992, con 11 años de edad, huyendo
de la guerra de los Balcanes. Hoy es periodista, y observa con mirada
crítica el papel de la Unión Europea en la crisis humanitaria de Oriente
Medio.
Esma Kucukalic, periodista y refugiada de la guerra de los Balcanes Gabriel Rodríguez
Al hablar elige con cuidado y precisión las palabras de su lengua de
adopción, el castellano, con un dominio nativo del verbo que deja
patente su oficio de periodista. Llegó a España junto a su madre y su
hermana en 1992 huyendo de la guerra de Bosnia. Esma Kucukalic
(Sarajevo, 1983) cuenta con la frialdad que da el tiempo cómo su padre,
profesor de Bellas Artes, les dijo para que se fueran y salvar sus vidas
al decidir quedarse en la capital bosnia, sitiada por las tropas de la
extinta Yugoslavia, que él no era como Goebbles “para cuando entren a
mataros y a violaros, pegaros un tiro y luego matarme yo”. Esma, su
madre y su hermana tuvieron que emprender la odisea de escapar del
conflicto. Llegaron a la Comunitat Valenciana, donde la sociedad civil
se organizó para dar asilo a los refugiados de la guerra de los
Balcanes. Su experiencia vital le ha hecho centrar su atención en los
Derechos Humanos y las historias personales de las personas refugiadas
que se van “sin vida, con una familia completamente rota a intentar
sobrevivir”.
¿En qué se diferencia el conflicto de los
Balcanes de hace dos décadas con el actual vigente en Oriente Medio con
epicentro en Siria? Sarajevo fue el sitio más largo de la
historia contemporánea, y ocurrió en pleno siglo XX, una ciudad entera
sitiada durante tres años y medio. Tiene un paralelismo evidente con el
episodio reciente de Alepo en el que la población civil, 250.000
personas, han estado completamente sitiadas y partidas en dos zonas.
También tiene mucho que ver el hecho de que la desmembración de
Yugoslavia y el surgir de los Balcanes occidentales, tiene paralelismo
con la actual situación en Oriente Próximo. Leía a finales del 2014 una
entrevista con Obama en la que se hablaba de una balcanización de
Oriente Próximo, o sea la partición de los territorios, surgimiento de
etnias y el caldo de cultivo de una tensión permanente porque va a ser
muy difícil apaciguar esa zona.
¿Cómo se explica la predisposición al acogimiento que hubo en los 90 frente a la actual actitud de rechazo? La
guerra de los Balcanes produjo dos millones de refugiados, países como
Alemania o Suecia acogieron a muchísima gente. El Gobierno de España no
se hizo cargo de los refugiados, solo los dejó entrar. Fue la sociedad
civil, la presión, la empatía que despertó el conflicto la que movilizó a
la gente y se pidió al Gobierno que dejase entrar un contingente de
refugiados. Fue el más numeroso de la historia reciente de España,
fueron 1500 personas las que entraron y realmente nosotros fuimos un
pequeño experimento de la propia política de migración del Gobierno
español.
¿Cuáles son las causas del desfase entre el número
de personas que la UE dice que quiere acoger y lo que realmente está
acogiendo? La primera gran crisis que la ha agitado ha demostrado
que la UE como estructura supranacional no está funcionando, porque
existen obligaciones internacionales, convenios que ha firmado la UE y
todos los países que la forman relativos a los DDHH, el derecho al
refugio, que no están cumpliendo porque la política europea hace aguas.
En cuanto a ser mujer y refugiada ¿Cómo se vive esta doble condición? Ser
mujer en contextos de guerra, o sea ser mujer y refugiada también
significa ser mujer en contexto de guerra, es tener una doble condición
de víctima. Es así porque la violación se ha utilizado como arma de
guerra, se acuñó de hecho como arma de guerra en el conflicto de Bosnia
donde fueron violadas aproximadamente 50.000 o 60.000 mujeres, todavía
no está determinada la cifra. Y se utilizó como un elemento de guerra,
desestabilizar la estructura de la población, de romper con su vida por
completo. Ser refugiada significa lo mismo, estás expuesta a una
condición de ser doblemente vulnerable. Nosotras tuvimos la suerte de
tener una acogida real en España, porque podíamos haber caído
perfectamente en una trata de blancas solo por el hecho de ser mujer.
¿Qué debemos hacer los periodistas para transmitir el enfoque humano? Porque siempre se habla del fenómeno en cifras. La
guerra de los Balcanes fue un antes y un después en la cobertura
mediática. Muchos fotógrafos cambiaron el rol de sacar muertos, que los
sacaron a patadas, para intentar transmitir la rutina diaria de una
guerra, un niño jugando en un tanque, una chica que se pone guapa aunque
tenga que morir ese día. Eso supuso un refuerzo moral para la población
e internacionalizó la solidaridad por el conflicto, llevando a Sarajevo
a intelectuales y artistas como Susan Sontag o Annie Leibovitz. Esa
empatía la echo en falta en el conflicto actual en ciudades como Alepo o
Palmira.
Cada
septiembre, millones de niños se enfrentan a la vuelta al cole en todo
el mundo. Aunque entre los más pequeños no son pocos quienes no quieren
cambiar las vacaciones por las aulas. En contextos de crisis, la
situación será muy distinta. Para los refugiados la dificultad está en
tener acceso a una clase, un profesor, un libro o un uniforme. Saben que
de su escolarización depende su futuro.
Más de 3,5 millones de niños refugiados no van al colegio
En
un año en el que el número de refugiados ha llegado a límites
históricos, la brecha de la escolarización se vuelve aún más profunda en
los campos. En 2016, sólo un 45% de los 6,4 millones de personas en edad escolar bajo el mandato de ACNUR niños y adolescentes de entre 5 y 17 años,
estuvieron escolarizados. Un dato que pone en evidencia la necesidad
de facilitar la educación a quienes han tenido que huir de la violencia.
En algunos colegios tendrán un profesor para 130 alumnos. En otros, solo un libro para toda la clase.
En contextos de emergencia, la imperiosa necesidad de agua, comida o un
refugio urgente hace que la educación se resienta. Algo todavía más
acuciante cuando hablamos de educación secundaria. Frente a un 91% de
niños escolarizados en primaria en el mundo, entre los refugiados este
porcentaje está 30 puntos por debajo.
El 61% de los niños refugiados cursan educación primaria.
Solo el 23% llegan a educación secundaria. Una cifra cuatro veces por debajo de la media global.
La llegada de una familia iraquí eleva a 65 los desplazados acogidos en el Principado desde el verano pasado
LA VOZ REDACCIÓN
La llegada Asturias de una familia iraquí compuesta por cuatro personas, entre ellas dos menores, eleva a 65 el número de refugiados acogidos en el Principado desde julio de 2016. Accem será la ONG que se hará cargo de estos desplazados procedentes de Grecia debido a la crisis provocada por la guerra de Siria.
Eritrea, Siria, Irak y la República Centroafricana son los países de origen de las personas que se han asentado hasta ahora en la comunidad, si bien todas ellas llegaron al Principado procedentes de reubicaciones o reasentamientos temporales.
La familia iraquí, al igual que el resto de desplazados ya realojados, dispondrá de atención sanitaria, escolarización para los menores y cobertura por parte de los servicios sociales autonómicos y municipales, prestaciones que garantiza el Protocolo de Coordinación y Actuación para la Acogida de Personas Refugiadas elaborado por el Gobierno de Asturias. Este marco de intervención es una herramienta efectiva que permite coordinar todos los recursos y departamentos de la Administración autonómica con el fin de facilitar la plena integración de las personas refugiadas.
El Principado ha actuado siempre con rapidez y solidaridad desde el inicio de esta crisis humanitaria y se ha mostrado crítico con la falta de compromiso del Gobierno central para acoger a los desplazados. Así, en el comité de seguimiento de la Conferencia de Presidentes celebrado en julio, el Ejecutivo autonómico reclamó la elaboración de un proyecto integral para favorecer la integración de estas personas.
VALLE DE LA BECÁ, Líbano, 23 de junio de 2017 (ACNUR) - A
medida que el sol se esconde, la cocina del Ramadán en el fértil Valle
de la Becá, Líbano, es una colmena de actividad, zumbando con los
sonidos de ollas y sartenes, comida envasada en recipientes de plástico,
y la risa y las pláticas de cientos de cocineros y voluntarios.
En un asentamiento cercano vive Mona, de 52 años, madre siria de
siete hijos, que huyó de los combates en Homs hace tres años. Ella y su
familia están fuera de su albergue de madera contrachapada esperando la
furgoneta de Ramadan Kitchen que traerá su comida nocturna iftar, marcando la ruptura de su ayuno diario.
El mes sagrado del Ramadán, que se espera que concluya el domingo con
la fiesta de Eid al-Fitr, es tradicionalmente un tiempo de reflexión y
encuentro entre familias y comunidades en todo el mundo musulmán, así
como un tiempo de actos de solidaridad y generosidad.
Líbano cuenta con una población de tan solo 5,9 millones de personas,
y actualmente alberga 1,01 millones de refugiados sirios. Allí la ONG
SAWA para el Desarrollo y la Ayuda estableció la cocina del Ramadán en
2014 para proporcionar comidas a miles de refugiados y personas
necesitadas todos los días durante el mes sagrado.
La cocina se financia principalmente a través de donaciones
individuales de caridad durante el Ramadán, y cuenta con un ejército de
hasta 100 cocineros y ayudantes cada día, incluyendo voluntarios locales
y refugiados sirios.
“Me encanta ayudar a las personas. No me gusta ver a las personas en
necesidad, independientemente de su nacionalidad”, dice Doaa Rhim, una
libanesa de 24 años que ha trabajado en la cocina durante los últimos
dos años. También trabaja como profesora voluntaria en una escuela
informal cercana para niños sirios refugiados.
“Vengo a la cocina todos los días después de clase en el autobús que
trae a los niños, para hacer todo lo posible para ayudar, desde lavar
las verduras, cocinar o incluso empacar”, agregó Doaa.
“Me encanta ayudar a las personas. No me gusta ver a las personas en necesidad, independientemente de su nacionalidad”.
La
camioneta se estaciona fuera del albergue de Mona y ofrece la comida
del día, que incluye dátiles, pasteles de carne y ensalada, y un plato
principal de arroz cubierto con pollo y nueces.
Con el 71 por ciento de los refugiados sirios en el Líbano viviendo
por debajo de la línea de pobreza y más de un tercio sufriendo
inseguridad alimentaria de moderada a severa, Mona dijo que las comidas
que reciben ayudan a dar un sentido de normalidad a la familia durante
el mes de Ramadán.
“Es
esencial para nosotros recibir esta comida ya hecha y entregada
directamente a nosotros, especialmente cuando no podemos costear
cocinar”.
Mientras que los países vecinos de Siria son actualmente el hogar de
más de cinco millones de refugiados de los seis años de conflicto, la
región también acoge a refugiados de otras partes del mundo musulmán.
A principios de esta semana en la capital jordana, Amán, refugiados y
solicitantes de asilo de Yemen, Sudán, Somalia y Eritrea se reunieron
una tarde para compartir un iftar de platos nacionales que habían
preparado. El evento se llevó a cabo en un centro comunitario local
dirigido por el ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados y la ONG
International Relief and Development.
Elham llegó a Jordania hace cuatro meses con su hija Raghad, de 10
años, que huyó de los combates en la capital de Yemen, Saná. Mientras se
sentaba a charlar y comer con otras mujeres en el cálido patio, Elham
describió lo que ella y su hija habían soportado el año anterior.
“En el último Ramadán no teníamos electricidad ni mucha comida, y había misiles pasándonos por encima”.
"En
el último Ramadán no teníamos electricidad ni mucha comida, y había
misiles pasándonos por encima. A veces, justo cuando estábamos a punto
de romper nuestro ayuno, escuchaba un misil y tenía que correr para
cubrirnos, temiendo por la vida de mi hija”, dijo.
Mientras pasaba los pasteles dulces llenos de queso blando que ella
había hecho, Elham dijo que reunirse con otras personas para Iftar había
ayudado a traer recuerdos más felices de los últimos Ramadán.
“Esta noche es algo más especial de lo habitual, y me encantó probar
los alimentos de diferentes países”, dijo. “Cuando llegue el próximo
Ramadán, donde quiera que estemos, espero que mi hija vaya a la escuela
otra vez, y tal vez pueda continuar mis estudios universitarios en
alguna parte”.
Por Lisa Abou Khaled y Rima Cherri
(Reporte adicional de Charlie Dunmore en Amán, Jordania)
“Cuando Boko Haram llega,
no te da tiempo a nada. Empiezas a ver cómo se ilumina el cielo con
fuego. Arrasan todo. Habíamos escuchado hablar de sus ataques en
Nigeria, cómo mataban, robaban y quemaban las casas. Hasta que llegaron a
nuestra isla un domingo. A mi hermano pequeño, que era el imán, lo
mataron delante de todos. Todos les siguieron para salvar la vida, pero
otros pudimos escapar esa misma noche para evitar tener que ir con esos
criminales”.
Es el testimonio de Abubacar, un hombre que hoy sobrevive en un campo de desplazados chadianos. Su ya de por sí dura vida en una de las islas del lago Chad, cambió de repente al igual que para otros miles de personas que hoy esperan el fin de Boko Haram para volver a casa.
“A mi hermano pequeño, que era el imán, lo mataron delante de todos“
El corazón de África está acostumbrado a vivir tragedias. La pobreza
eterna, la falta de oportunidades y los conflictos armados han
perpetrado tragedias humanitarias tan largas, que muchos no conocen otra
cosa. Hoy, los cuatro países que comparten las aguas del lago Chad, Níger, Nigeria Camerún y Chad, viven una de las mayores crisis del planeta. Combinada con la sequía que ha azotado en los últimos meses la región se ha convertido en la tormenta perfecta.
Hay más de siete millones de personas en situación crítica,
que necesitan ayuda según las agencias de las Naciones Unidas. Entre
Nigeria, Níger, Chad y Camerún hay más de 2,4 millones de personas
desplazadas en su propio país, o refugiadas más allá de sus fronteras.
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Refugiados en Chad: "Nunca estarás a salvo de Boko Haram"
Dar es Salaam, un campo de refugiados con 7.000 personas
En el campo de refugiados de Dar es Salaam,
en Chad, Said espera. “Estoy aquí desde hace dos años, no podemos hacer
nada, no se puede cultivar, el lago está lejos... yo vendía pescado y
ahora no puedo. Sólo nos queda esperar la llegada de ayuda humanitaria o
que nos digan que han acabado con Boko Haram y poder volver a casa, o a
donde sea, para trabajar”.
“Sólo nos queda esperar la llegada de ayuda humanitaria o que nos digan que han acabado con Boko Haram y poder volver a casa“
Dar es Salaam, ‘la casa de la paz’ en árabe, acoge hoy a 7.000 personas venidas desde Nigeria en un paraje desértico que aguarda la estación de lluvias con hambre. Sólo les acompañan organizaciones como UNICEF,
que nos acompaña en un duro recorrido por el día a día de los
refugiados a orillas del Lago, y que apoya las escuelas y centros
sanitarios de los campos.
“Chad se ha convertido en uno de los países más generosos en la acogida a refugiados. Proporcionalmente a su población, el que más acoge en el mundo,
si lo comparas con Jordania y su acogida de refugiados sirios, este es
un país mucho más pobre y soporta llegadas de Nigeria, República
Centroafricana y Sudán”, según explica Philippe Barragne-Bigot, representante de UNICEF en Chad.
En este campo para refugiados nigerianos conocemos a Awali, un niño de 5 años que ha tenido que recorrer casi 1.000 kilómetros desde
su casa. Huyó por un ataque de Boko Haram y se perdió. Caminó con sus
vecinos camino de Maiduguri, la capital del estado nigeriano del Borno, y
se cruzó con la segunda esposa de su padre, que finalmente se hizo
cargo de él. Hasta que les dijeron que su padre estaba en Chad vivieron
con miedo los constantes ataques urbanos del grupo terrorista. Y
emprendieron la marcha a través de Diffa y N'guigmi (Níger) hasta llegar
a las ciudades chadianas de Daboua o Liwa, donde muchos otros
nigerianos han encontrado refugio.
En Dar es Salaam, Awali encontró a su padre por poco tiempo.
La falta de oportunidades, más allá de la ayuda humanitaria, le ha
obligado a marcharse para buscar trabajo. Awali se ha quedado porque
puede ir al colegio y comer lo básico. Hoy está contento y se siente
hasta fuerte, sabe que “los de Boko Haram son malos. Hay que estar lejos
de ellos. Porque nos echaron de casa. Y me han dicho que matan a la
gente. Pero aquí no les tengo miedo. Dicen que son muy fuertes... pero
no tengo miedo”.
“Aquí no les tengo miedo. Dicen que son muy fuertes... pero no tengo miedo“
Es un niño tan pequeño que ni siquiera es consciente de
lo que ha hecho. Y aquí sigue, sin sus padres, que se han marchado para
buscar un empleo fuera de un campo que sólo ofrece lo básico.
Hablamos con él gracias a Nasiru,
un granjero que trabaja para las organizaciones humanitarias del campo.
Al igual que prácticamente todos los que han vivido para contarlo,
escapó por los pelos y cruzó el lago en piragua. “Esta vida es dura… pero al menos puedo vivirla cada mañana, y eso es lo importante”, dice cuando mira el infinito mar de arena que es Dar es Salaam.
“Nos hemos quedado porque al menos aquí tenemos ayuda humanitaria, pero no hay nada que hacer. Muchos
hombres que eran pescadores, agricultores o comerciantes, se han
marchado para poder conseguir algo, y han dejado a las familias. Aquí
luchas por sobrevivir cada día... estamos seguros, pero no hay
oportunidades. Los niños pueden ir a la escuela y eso es lo mejor para
acabar con las ideas extremistas que se alimentan del analfabetismo. Su
vida aquí no es buena, pero al menos tienen Educación y cuidados médicos
muy básicos. Pero lo más importante para las familias... es que aquí
tienen menos miedo”.
“Aquí luchas por sobrevivir cada día... estamos seguros, pero no hay oportunidades.“
A pesar de esto, Boko Haram intentó reventar con una mujer cargada de explosivos uno de los repartos mensuales de comida, pero los vigilantes fueron más rápidos. “Nunca estás a salvo de Boko Haram”, dice.
Refugiados en Chad
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Refugiados en Chad
20.06.2017
Salmata, de 21 años y originaria de la aldea de Tala,
con sus hijos Haoua, Hisseain y Hassain, en el centro para niños
desnutridos en el hospital de Bol, en Chad. La situación humanitaria se
ceba con los más pequeños y empeora con la crisis actual. Un 20% de los
menores de edad sufre malnutrición severa.
UNICEF / VLAD SOKHIN
Refugiados en Chad
20.06.2017
Las condiciones de vida en el campo de Dar es Salaam son realmente duras para la población refugiada.
UNICEF / TREMEAU
Infancias secuestradas
Son miles los niños que encuentran hoy en la escuela el refugio fundamental para pasar este tiempo. Como Mariam Mustapha, que llegó a Yakoua hace
dos años sin haber pisado nunca un aula. Con 14 años va a clase con
otros más pequeños, pero confiesa que estudiar es lo que ahora más le
motiva. Y tiene claro que para el futuro, sólo quiere “acabar la
escuela, ir al instituto y llegar todo lo lejos que pueda. Luego ya me
casaré, pero me gustaría poder dedicarme a la agricultura, tener una
parcela para cultivar y salir adelante con mi familia”.
“Luchar contra la radicalización es simple. Sólo hay que conseguir que sus necesidades básicas estén cubiertas“
El colegio además es el sitio clave para evitar que los
fanáticos recluten a los más jóvenes. Como explica el vicedirector de la
escuela, Abdalá Fok, “luchar contra la radicalización es simple. Sólo hay que conseguir que sus necesidades básicas estén cubiertas. Si come, puede vestirse y estar contentos no busca nada más.
Esto es sencillo. Si pueden jugar al fútbol, si tienen esperanzas para
hacer cosas, buscarse la vida, es muy fácil que se queden en casa y no
escuchen a aquellos que les prometen todo si se convierten en
criminales”.
Parece un oasis en medio de la locura, pero el colegio de Yakoua también
toma precauciones. Han levantado poco a poco un muro en el perímetro, y
registran a los alumnos cada día en la entrada para evitar que entren
con explosivos. Ya ha ocurrido antes en otros sitios.
“Los chicos son esclavos o soldados, y las chicas, esposas o suicidas“
“Los chicos son esclavos o soldados, y las chicas, esposas o suicidas”, según nos cuenta Issa (nombre ficticio). Es un chico que dice tener 18 años, pero aparenta muchos menos. Estuvo casi dos años secuestrado por Boko Haram.
Le capturaron mientras pescaba, y después asistió a la masacre de sus
vecinos. Es difícil hablar con él, no levanta la mirada del suelo
arenoso en el que dibuja círculos. Se nota que le cuesta – o no quiere-
recordar los meses en los que fue una herramienta.
“El jefe de Boko Haram aparecía y se llevaba a los mayores para atacar otros pueblos y
a los pequeños nos hacían trabajar para ellos, nos obligaban a pescar
para dar de comer a los que se marchaban a matar. Les teníamos que dar
todo y luego nos daban las sobras. Y si no hacías lo que querían te
daban una paliza”, acierta a decir en una de las frases más largas que
le escuchamos.
Salvó su vida al aceptar su condición… pero junto a
unos amigos consiguió escapar el pasado mes de enero. Por la noche, y
en silencio, alcanzaron en silencio una isla en la que pidieron ayuda.
Hoy está junto a sus padres, pero no sabe qué esperar de la vida. Nunca
ha ido al colegio, y en el campo de desplazados “no hay nada que hacer.
Ni siquiera tenemos un balón para jugar”.
El miedo a Boko Haram
Se cree que Boko Haram ha matado a más de 25.000 personas en los últimos años, pero en la orilla chadiana del lago, todos coinciden en que lo peor es el miedo que han logrado inocular.
“No podemos volver a casa hasta que sepamos que los han matado a todos“
“No podemos volver a casa hasta que sepamos que los han
matado a todos. De vez en cuando se oyen rumores de que están cerca otra
vez. Y sólo podemos esperar. Dos años después, tengo pesadillas con el
fuego. Iluminaron la noche con nuestras casas, las quemaron todas, se
quedaron el ganado y mataron a los adultos. Pueden volver en cualquier
momento”, explica Hanna, mujer del pueblo isleño de Tchoukouli. Allí, "pasaron a cuchillo a buena parte de los hombres y nunca se supo más de muchas de las mujeres”.
Las
islas hoy poco a poco recuperar su vida. Una barca a motor, con dos
soldados chadianos, nos traslada hasta Bouguirmi, donde 200 de sus 1.500
habitantes han regresado para reconstruirlo todo. Porque Boko Haram no
dejó nada. La clínica móvil acude periódicamente y siempre se enfrenta a
una malnutrición generalizada entre los niños. El
tratamiento de choque a base de ‘Plumpy-nut’ (pasta de cacahuete
súper-energética) ayuda a mejorar, pero las recaídas son frecuentes ya
que no hay comida para mantener una alimentación adecuada.
Pasa
en las islas y también en tierra firme. En Tagal, la población
autóctona comparte todo con los desplazados, pero no logran que niños
como Akbah salgan adelante. Cuando llegamos a su casa,
está tendido en la esterilla. Tose bastante, y su falta de energía no
augura nada bueno. Es probable que ni siquiera viva ya. Sus padres, enfermos de VIH,
han tenido que enterrar antes a otros dos hermanos, aunque prometen que
harán todo lo posible para salvar a su hijo, pero lo cierto es que lo
tienen todo en contra.
“Si no hay Educación, nunca habrá futuro y por eso hay que recordar siempre lo que les pasó a las niñas de Chibok“
Nasiru mira en silencio el desierto que es Dar es
Salaam. Y cuando le pregunto si le molesta que en Europa sólo nos
acordemos de ellas a través de las niñas de Chibok dice
que no, que esa una historia que hay que recordar siempre. “Es el peor
crimen de todos, el mensaje más fuerte, porque si las familias creen que
no es seguro ir al colegio, no dejarán que los niños vayan al colegio y
eso, en una situación como esta... es una condena. Si no hay Educación, nunca habrá futuro y por eso hay que recordar siempre lo que les pasó a las niñas de Chibok. El futuro es lo que importa”.