[3]Por Inés Benítez
Málaga, (IPS) - Aún no despunta el sol cuando una mujer
marroquí guarda su turno en el paso fronterizo peatonal que separa a su
país de la ciudad española de Melilla. Tras horas de espera, cruza,
carga sobre sus espaldas un fardo de 80 kilos de mercancía y desanda sus
pasos entregándolo en su territorio a cambio de menos de seis dólares.
Cada día, ella y otras miles de mujeres atraviesan los puestos
limítrofes que comunican Marruecos con las ciudades de Melilla y Ceuta,
enclaves españoles en el norte de África, para proveerse de productos
dispuestos en pesados bultos y transportarlos por el pasaje fronterizo a
pie, en un comercio que mueve millones de euros y del que se benefician
los comerciantes de ambos territorios.
Los empresarios de Melilla «viven de este contrabando», que hacen
posible las miles de mujeres porteadoras «para sobrevivir y dar de comer
a sus hijos», explica el fundador de la
Asociación Pro Derechos de la Infancia [4], José Palazón, quien vive en la ciudad hace 14 años.
«Son madres solteras, viudas, maltratadas, con maridos inválidos,
mujeres excluidas por la sociedad que echan mano del contrabando para
poder salir adelante», afirma el dirigente sindical Abdelkader
El-Founti, de la
Central General de Trabajadores [5].
A las 9:00 abre el puesto fronterizo melillense del Barrio Chino, la
porteadora muestra el pasaporte y camina hacia una explanada en la que
varias furgonetas dejaron temprano en el suelo los bultos preparados
para la carga.
Amarra con cuerdas el paquete sobre su espalda y anda en sentido
contrario más de 200 metros, sorteando la multitud que se amontona en el
estrecho lugar, para entregar pronto la carga en el lado marroquí y
volver a hacer más portes, antes del cierre del paso a la 13:00 horas. A
esta actividad los melillenses y ceutís la llaman «comercio atípico» y
los marroquíes lo viven como contrabando tolerado.
De las altas verjas de hierro del estrecho pasaje del Barrio Chino
cuelgan carteles con siluetas de porteadores y porteadoras que indican
la entrada. Las mujeres cobran cuando entregan el fardo en el lado
marroquí, donde hay hombres con carretillas o vehículos esperando para
transportarlo. La cuantía depende de los kilos que carguen. «Lo máximo
son 10 euros diarios. Por cada porte les pagan de tres a cinco euros,
según el peso», afirma El-Founti. Denuncia que al peso que soportan se
añaden «todo tipo de vejaciones que sufren por parte de la policía
española y marroquí».
«El trato que se da a los porteadores es humillante. Hay malos tratos
por la policía de ambos lados de la frontera. Solo hay que permanecer
cinco minutos allí para darse cuenta», subraya el marroquí Amin Souissi,
de la
Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía [6] en Cádiz, al sur del país.
Souissi recuerda la muerte en septiembre de 2013 de un joven
porteador de la ciudad fronteriza marroquí de Tetuán que, «harto de
tanta humillación», se quemó a lo bonzo en el paso de El Tarajal de
Ceuta, después de que las autoridades tetuanís le quitasen la mercancía
que transportaba.
«No queremos que pierdan su medio de vida, pero pedimos que se
respeten los derechos humanos de estas personas en las fronteras de
Ceuta y Melilla», reivindica Souissi, quien ha visto a policías
empujando con sus porras a las porteadoras. El activista lamenta la
corrupción de las autoridades marroquíes que cobran la «rasca»
(soborno), así como la arbitrariedad imperante a la hora de permitir
cruzar a los porteadores, «que depende del funcionario que toque».
En los enormes bultos se transportan todo tipo de objetos, como
mantas, neumáticos usados, alimentos y pañales. La inmensa mayoría de
los porteadores son mujeres, pero también lo hacen hombres, sobre todo
jóvenes sin recursos.
Muchas mujeres cruzan la frontera con paquetes más pequeños. Otras
ejercen como empleadas domésticas en domicilios de Melilla y Ceuta y, a
última hora, regresan a dormir a Marruecos. De las alrededor de 40.000
personas que cruzan diariamente los puestos fronterizos de Barrio Chino y
Beni Enzar de Melilla, solo el 10 por ciento lo hace con visado,
advierte El-Founti. Los porteadores deben mostrar su pasaporte y el
resto cuenta con un permiso especial, acordado entre el gobierno español
y marroquí, para trabajar durante el día en Melilla y regresar a
pernoctar a sus hogares.
«Son trabajadores de la construcción, empleadas del hogar y del
sector de la hostelería que trabajan 10 o 12 horas por menos de 200
euros (270 dólares) mensuales y sin derechos», denuncia. El-Founti
lamenta que los empresarios melillenses aprovechen el miedo de los
«empleados transfronterizos» a perder su trabajo y su situación de
necesidad. «Muchas de las mujeres marroquíes empleadas domésticas en
Melilla son analfabetas y desconocen sus derechos laborales», subraya.
El trasiego de mercancías de las porteadoras «mueve muchísimo dinero a
ambos lados de la frontera», comenta Palazón, quien cree «muy difícil»
acabar con esta situación, pero exhorta a dignificar su trabajo y
mejorar las instalaciones fronterizas por donde pasan diariamente. «No
hay ni un grifo para beber», asevera Souissi sobre el paso fronterizo de
El Tarajal de Ceuta, que «más que un paso de peatones parece una jaula»
con pasillos muy estrechos donde las porteadoras casi no caben.
Este comercio reporta 1.400 millones de euros anuales (1.800 millones
de dólares), un tercio de la economía de las dos ciudades autónomas
españolas. De la actividad viven directamente 45.000 personas y 400.000
indirectamente, según datos de la Cámara Americana de Comercio en
Casablanca, en Marruecos, citados en la Declaración de Tetuán, firmada
allí por casi una treintena de organizaciones en abril de 2012. En esta
declaración se alerta sobre la «importante cantidad de ingresos
obtenidos a través del soborno», 90 millones de euros anuales (121
millones de dólares), según datos del semanario independiente marroquí
Al Ayam.
Las condiciones de paso por los puestos fronterizos, donde se agolpan
miles de personas, ya han causado muertes. En noviembre de 2008, Zafia
Azizi murió aplastada en Melilla y el 25 mayo de 2009 fallecieron las
marroquíes Busrha y Zhora en una avalancha en el paso ceutí de Biutz.
Activistas consultados por IPS coinciden en que la Unión Europea no
atiende debidamente las vulneraciones de los derechos humanos que sufren
las porteadoras marroquíes. Ceuta y Melilla tienen un régimen fiscal
especial con importantes rebajas impositivas y son ajenas a la
Unión Aduanera [7]
del bloque, lo que permite a ambas ciudades importar con aranceles
inferiores a los de la UE y vender a los ciudadanos marroquíes esos
productos para su posterior ingreso irregular en Marruecos para su
reventa.